Miguelina

36 —Ellos envían a sus hijos a estudiar en Europa, a París, Londres, Roma, Hamburgo, porque en esas ciudades hay una mejor educación, aprenden idiomas y les enseñan a ser como europeos —sentenciaba su padre. —¿Y por qué no los envían a estudiar a Lima? —replicó Miguelina un día a su padre. Ante la pregunta de Miguelina, don Miguel Acosta Sánchez soltó una carcajada y, con un tono de ironía, respondió con otra pregunta: —¿Tú sabes lo que significa estudiar en Europa o en Lima? Piensa en la enorme diferencia que significa estudiar en Lima o en París, en Londres o en Hamburgo, y lo que la gente puede pensar de ti y de tu formación. Miró el retrato de Flora Tristán en la solapa de la edición francesa de Peregrinaciones de una paria y sonrió. Se dijo a sí misma: «Tiene los ojos grandes como los míos». Luego, recobrando su seriedad y su mirada serena y firme, pensó: «Ahora ya entiendo por qué me envía mi padre a estudiar en Europa: porque quiere que piense como una europea». —Miguelina, ven, vamos a mirar el mar, deja de leer un rato el libro que te tiene atrapada —le pidió su madre. Caminaron por unos minutos en la cubierta del barco y luego se sentaron a mirar el océano. —Nunca antes había viajado por mar, esta es la primera vez que lo hago —le confesó su madre. —Tu padre, mi abuelo Crisóstomo, ¿nunca pensó en enviarte a Europa a estudiar? —le interrogó Miguelina. —Nunca. Recuerda que cuando yo era niña había mucha pobreza en el Perú y en la Amazonía. La Guerra del Pacífico con Chile en 1879 dejó casi en escombros a todo el Perú, y todavía no había empezado el boom del caucho —contestó su madre y agregó—: tú has nacido en la época de las vacas gordas, pero hay rumores de que el periodo de prosperidad puede terminar muy pronto, y eso nos preocupa tanto a tu padre como a mí —advirtió doña Grimanesa. Los grandes ojos pardos de Miguelina apuntaron en dirección de su madre, como preguntándole con la mirada ¿por qué?, ¿qué va a pasar?

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