Miguelina

34 —Sé lo que estás sintiendo en este momento. Pero regresaremos a la Amazonía —le dijo su madre, con un acento de seguridad y de certidumbre. Miguelina seguía mirando el paisaje marino inacabable, y solo atinó a acariciar la piedrita de corvina de su collar, y el buhito de palo de rosa en su bolsillo, para sentir sus raíces amazónicas, a las que jamás renunciaría. Al despertarse la mañana siguiente, su madre, doña Grimanesa, le dijo mirándola tiernamente: —Hijita, el viaje por mar durará un mes, tendremos mucho tiempo. Así que vamos a hacer un programa de vida para aprovechar el tiempo y no aburrirnos. —Estoy de acuerdo, mamita. Pero esta mañana quiero descansar porque me ha venido la regla y, cuando sucede, me canso mucho y a veces me pongo de mal humor —le confesó Miguelina a su madre. —Lo sé, Miguelinita, lo sé porque eres hija de mi vientre. Te cansas, te pones rabiosa, pero también te entristeces cuando te llega la menstruación —la consoló su madre con un tono comprensivo y amoroso. Miguelina se quedó en silencio, tomó su libro de cabecera, la traducción inédita de Peregrinaciones de una paria de Flora Tristán, y se hundió en la lectura. Su madre se levantó de su camarote sin hacer ruido y pensó: «Voy a traerle un pan con queso y un café con leche para que no se levante y siga descansando». Miguelina, entonces, se imaginó que era Flora Tristán subiendo al barco Le Mexicain, el 7 de abril del año 1833, rumbo hacia el Perú. —Bienvenida a bordo, señora Flora Henriette —le saludó el capitán del barco, Jean-Pierre Chabrié, con una sonrisa cómplice. —Gracias, capitán, por todo su apoyo para establecer comunicación con mis parientes peruanos en Arequipa —le respondió, recordando que fue el capitán Chabrié quien llevó su primera carta a su tío Juan Pío Camilo de Tristán y Moscoso, recordándole que ella era hija de Mariano

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