Miguelina

116 «El capítulo cuarto, el último, será el capítulo que cierra el círculo de mi existencia y debe contener, reflejar, traducir y expresar mis ideas, mis sueños, lo que quiero y debo ser, y las metas y objetivos de mi vida: la justicia de las mujeres, los obreros, los indígenas. Este capítulo debe responder la gran pregunta que deberíamos hacernos todos, ¿para qué nacemos y venimos a este mundo los seres humanos?», y en ese momento súbitamente cortó su pensamiento al sentir una mano que acariciaba su cabello. Era su madre, doña Grimanesa, de pie junto a ella. —Miguelinita, en quince minutos más servirán el almuerzo. Debemos ser puntuales como suizos— le dijo con una sonrisa en el rostro. —Me has dado un gran susto, mamita, y has cortado mi concentración —dijo Miguelina, fingiendo en la voz un tono de regaño. —No te preocupes, hijita, tu imaginación y tu memoria son como el río Huallaga, nunca se cortan ni se detienen, porque siempre están fluyendo —le dijo su madre con un acento poético en la voz. Caminaron hacia el comedor, todavía con muchos espacios libres a esa hora, las doce del día con treinta minutos. Se sentaron y pidieron sus platos favoritos: Doña Grimanesa pidió papas y salchichas fritas, y Miguelina pidió su infaltable zumo de manzana, una sopa de harina y lengua de vaca ahumada. Mientras madre e hija saboreaban con gusto la comida, parecían hacerlo como si imaginariamente se tratara de esa comida amazónica que tanto les hacía chuparse los dedos y tragar saliva como ellas mismas decían. El inchicapi, el juane de gallina, el tacacho con cecina y esas suculentas y jugosas patarashcas de sábalos y corvinas. Después del almuerzo, miraron el mar por varios minutos, y Miguelina le contó a su madre sus lecturas sobre las peripecias de los expedicionarios que cruzaron los océanos, Atlántico y Pacífico, a lo largo de los siglos de la historia. —Por ejemplo, Vasco da Gama, el navegante portugués, murió de malaria. ¿Qué pasará en el Perú cuando llegue la malaria y otras pestes y no haya vacunas? —se preguntaba Miguelina, mirando a su madre como esperando una respuesta.

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