111 Company, más conocida como la Booth Line, que las llevaría hasta Iquitos, en la Amazonía. Por acuerdo de Javier, de Margarita y de doña Grimanesa, y con el consentimiento de Miguelina, el 26 de noviembre se realizarían las dos celebraciones. En la mañana, se realizaría el acto religioso del matrimonio, en la iglesia católica de San Nicolás de Flüe, el patrono de Suiza, y por la tarde se celebraría el cumpleaños número diecisiete de Miguelina, con un almuerzo en el gran restaurante francés Le Odeon, para luego dar un paseo en yate por el lago de Zúrich. Todo se cumplió al pie de la letra y con una puntualidad suiza. En la noche, agotada por el trajín y las intensas emociones, Miguelina pensó, mientras reposaba en su cama, que jamás olvidaría el sí de la promesa de amor eterno de Margarita Phillips a Javier Calvo de Araujo. «¿Cómo puede ser eterno el amor si el hombre no cumple su palabra?», se preguntó y pensando en ese dilema se quedó dormida. A las seis en punto de la mañana Javier Calvo de Araujo y Margarita Phillips tocaban la puerta número 13 de Augustinergasse. El trencito a caballo las estaba esperando a cien metros de la calle paralela. Doña Grimanesa y Miguelina, despiertas desde las cuatro de la madrugada, prácticamente esperaron de pie detrás de la puerta. Se saludaron efusivamente, y Javier Calvo de Araujo se encargó de las dos maletas grandes y doña Grimanesa y Miguelina se ocuparon cada una de las más pequeñas. Margarita tomó en sus manos los abrigos de fibra de vicuña de madre e hija. En el camino a la estación central de Zúrich, Miguelina tarareaba La contamanina, vieja canción que era como el himno nacional de los caucheros, y contaba algunos chistes de la ciudad de Lamas, que escuchaba narrar a su padre. —¿Saben ustedes por qué los lamistas no aceptaron la promesa que les hizo un político de construirles un coliseo cerrado? Porque si el coliseo era cerrado, ¿por dónde iban a entrar? —contó Miguelina provocando la risa de todos.
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