98 Tintoreto, de El Greco, de Goya, de Rubens, de Rembrandt y de van Gogh, y otros pintores en el Museo de Bellas Artes y la Fundación Bührle, que tiene una gran colección de los grandes maestros de la pintura de todas las épocas —les narraba Javier—, pero también me paso muchas horas, días, semanas y meses mirando y admirando a la mejor obra de arte de mi vida: Margarita Phillips —exclamó profundamente emocionado. —¡Bravo, bravo!, así se habla sobre una mujer —exclamó Miguelina, y comenzó a aplaudirlos, seguida por su madre. El tranvía de caballito paró en seco y el conductor, un hombre mayor, alto y canoso, con una nariz griega de Arquímedes, dijo escuetamente en un alemán de fuerte acento: —Hemos llegado. Javier pagó los diez francos suizos por el servicio del tranvía en caballo, entonces doña Grimanesa sacó diez francos de su bolso e intentó devolver el dinero a Javier. —No, por favor, doña Grimanesa, déjeme pagar a mí por esta vez. Conocerlas a usted y a Miguelinita ha sido y es para mí y Margarita, un honor, y además me han traído los aires y los recuerdos de mi querida tierra yurimagüina, y todo eso vale mucho más que diez francos suizos —expresó y luego les explicó que el tranvía en caballito se había detenido a cien metros del número 13 de Augustinergasse, porque esa calle, una de las más antiguas de Zúrich, era solo peatonal. —Yo llevaré las dos maletas, caminaremos hasta el número 13 de Augustinergasse —sentenció. Minutos después, luego de sortear grupos de caminantes de la calle, colmada de gente a esa hora, las cinco de la tarde, llegaron al número 13 de Augustinergasse. —Este es su nuevo hogar en Zúrich —les informó Javier, abriendo la puerta y depositando las maletas en un ropero. Luego les mostró todos los ambientes del departamento. —Mi querido amigo, Segundino Cumapa, cuando me llamó para darme el encargo que yo acepté con mucho gusto, me pidió que la vivienda
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