Memoria que presenta el director de la nueva Biblioteca Nacional en el acto solemne de su inauguración el 28 de julio de 1884

DE LA BIBLIOTECA NACIONAL, lu No hay biblioteca posible manteniendo los libros á la rústica 6 sin cambiarles el forro de pergamino, sobre el que la polilla ejerce destruc– tora influencia. No es para mí cuestión de armonía 6 de lujo, sino de vital conservacion para una librería, el cambio de pastas ó forros á las obras que lo requieran. Actualmente exceden de 8,000 los volúmenes que, con urgencia, re~laman tal mPjora. Toca al Supremo Gobierno atender á. ésta, que considero inaplazable, exigencia. A mi juicio podría establecerse un buen taller de encuadernación en el hospicio de huérfanos, consultándose así al par de la economía, el inapreciable provecho yue obtendrían los jóvenes con el fácil y en– trete1.Jido aprendizaje de un oficio lucrativo. De acuerdo yá con el activo director de Beneficencia, doctor Felipe Varela y Valle, somete– remos, dentro de breves dias, nuestro proyecto á la consideración del ministerio. Estantería y mobiliario. ~ ~ K los salones Ainérica y Eu.ropa, si bien existían los estantes, no d ~-, había un sólo anaquel. En cuanto al saloncito que contuvo la librería donada por Fuentes Pacheco, no encontramos ni vestigios ele estantería.. Hasta el mes de Mayo tuvimos que hacinar en el suelo los dona– tivos de libros, por carencia de anaqueles donde colocarl-0s. Cons– truidos estos, creí conveniente emplear el sistema de alambrado r las puertas de los estantes, ,como es de práctica en casi todas las r cipales bibliotecas, y como las condiciones de nuestro clima lo acc jan. Es para mí una verdadera extravagancia el uso de cristales e_ estantería de una biblioteca p{1 blica, atendiendo á que la falta de li corriente de aire influye en el desf,lrrollo de la polilla, ese enemigo saciable y eterno del libro. Para combatir la polilla, y sin excluir la trementina, el mirbanc la pimienta, usados en diversas bibliotecas de América, he ensayad0 1 aplicación del petróleo en las costuras de cada libro y, hasta ahora, n estoy descontento del ensayo. El salón de Eu1·opa constaba de 44 estantes bajos con cuatro an queles cada uno para libros infólio, y 49 estantes altos con tres ci.naqne– les. Hoy, conservando un solo anaquel para infólios, he reducido los restantes á las proporciones de 4. 0 mayor, lo que nos ha dado seis ana- · queles por estante bajo y cinco por estante alto. Así se ha conseguido 1 que en el salón de Eitropct pueda colocarse un tercio mas de los volú– menes que antrs contuvo. Igual modificación he introducido en la estantería del salón Amér-1'.– ca, que se compone de 18 estantes bajos y 23 estantes altos. Respecto á mobiliario no encontramos silla, mesa ni escritorio a 1- guno. Provisto se encuentra hoy el establecimiento de todos los Il'l'' - bles neceslirios.

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