Mar del Sur : revista peruana de cultura No 12

CARLOS RAYGADA 63 la manera de Flores Galindo a las características de Ricardo Palma, por lo menos en este trabajo, en el que incluso ha incurrido en la misma placentera debi– lidad del tradicionista mayor, el aprovechar, sin el menor escrúpulo y desde luego sin la más leve mención al autor, la biografía de Alcedo por Coronel Zegarra. ¡Eso sí que es haber tenido una idea fecunda para beneficio ajeno! Después de haber repetido -¡y cómo nó!- aquello de "San Martín, al escuchar esta última composición, se puso de pie entusiasmado y, descubrién– dose, exclamó: -¡Este es el verdadero himno nacional del Perú", el señor Flo– res Galindo nos da aquella noticia absurda del estreno en 1826. ¡Hay que ver con qué fruición repiten todos los glosadores de Coronel Zegarra esa invención suya que puso en boca del Protector! Sólo que el amigo Flores Galindo, para dar mayor emoción al momento, hace que San Martín se descubra. . . Nadie imaginara hasta entonces que el ilustre generalísimo tuviera la costumbre de estar tocado con su sombrero de picos y plumas en pleno salón palaciego ... Pero hay otra novedad y esta sí que es inédita y no ha salido, por tanto, de Co– ronel Zegarra: que "Alcedo fué introducido a presencia de Bolívar por el co– ronel Paroissien, siendo objeto de. entusiastas felicitaciones por parte del Dicta– dor y su séquito · oficial". . . lo que debe de haber sucedido en el Palacio de la Moneda, pues don José Bernardo, como era sabido por todo Lima menos por Flores Galindo, residía en Santiago desde fines de diciembre de 1823! ¡Así se hacen las tradiciones históricas! ¡Había dado sus frutos la escuela de Ricar– do Palma! Otra falsa Tradición Antes de dar por agotado el tema, conviene puntualizar un aspecto de la historia del Himno que tanto Coronel Zegarra como sus glosadores y plagia– rios eluden sistemáticamente: lo referente al lugar y fecha en que se decidió la elección de la música de Alcedo. En los últimos años se había dado en ad– mitir, más por simpatía social que por empeño de rigor histórico, una tradición familiar que por venir de fuente por muchas razones digna de crédito, llegó a adquirir tal fuerza persuasiva que estuvo a punto de convertirse en argumen– to histórico irrebatible. Según ella, el concurso para la elección de la Marcha Nacional, se habría efectuado en casa de la ilustre dama limeña doña Manuela Rábago de Riglos (23), escritora y cantatriz de preciosas cualidades, cuyo per– sonal encanto y refinada espiritualidad constituyeron atracción principal en las veladas que periódicamente ofreciera, en los primeros días de la república, su esposo, el señor don José de Riglos y La-Salle, amigo íntimo de San Martín, su apoderado legal y agente financiero durante la gestación de la Independen– cia y, más tarde, primer Cónsul de las Provincias Unidas del Río de la Plata acreditado en Lima. Cuéntase que invitado el Protector a presenciar las prue– bas del concurso en una de aquellas veladas, la señora de Riglos dió, con su (23) Esta casa, ubicada en la esquina de las calles de San Pedro y Beytia y co– lindante con el Palacio de Torre-Tagle, pertenece en la actualidad a la familia Aspíllaga.

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