La Crónica, se publican numerosas revistas con la modernísima técnica gráfica de ilustraciones. Así, Mundial, desde 1920, disputaba preferencias con Variedades de Clemente Palma, fundada en 1908. Circulaban también, desde Lima, la izquierdista Amauta (1926) y la proletaria Labor (1929), ambas de Mariátegui; la indigenista radical La Sierra. Órgano de la Juventud Renovadora Andina (1927), de Guillermo Guevara; Poliedro (1926), revista de literatura de Armando Bazán y Juan José Lora; y Jarana (1927), de Jorge Basadre Grohmann47. Artistas como José Sabogal, con sus aguafuertes, y Jorge Vinatea Reinoso, con sus caricaturas hebdomadarias, animaban con talento las páginas ilustradas. En provincias se produce también un inusitado movimiento cultural, que se traduce en revistas de gran calidad y disímil contenido como Claridad (Trujillo, 1923-1925), Boletín Titikaka (Puno, 1925) y Kosko (1924). Las ciudades del interior se convierten no solo en cantera de políticos, sino de artistas e intelectuales. Bastaría recordar los nombres de Abraham Valdelomar, José Sabogal, César Vallejo, Armando Bazán, Enrique López Albújar, Alberto Hidalgo, César Atahualpa Rodríguez, Arturo y Alejandro Peralta, Dante Nava, Emilio Armaza, Alcides Spelucín, Emilio Romero, Luis E. Valcárcel, Uriel García y José Ángel Escalante. Los espacios públicos se amplían en los tiempos de Leguía. Con la construcción de las grandes avenidas los barrios se integran entre sí; el Centro de Lima, por su parte, se articula con los balnearios y el puerto del Callao. Aparecen los restaurantes de lujo y primeros chifas. Uno de ellos, el Restaurant del Parque Zoológico, donde «se jaraneaba a rabiar», era el lugar predilecto de los hombres públicos más encumbrados del régimen48. Siguiendo la moda francesa, las confiterías se convierten en centros culturales: El Palais Concert, La Duchesse y la heladería Broggi serían tan famosas como los parroquianos que las visitaban luego de la misa en San Pedro o en Santo Domingo. Los bares del teatro Excelsior, del Hotel Bolívar, del Hotel Maruy y el de Giacoletti, «donde el popular gordo don Félix Guglielmino preparaba sabrosos cockteles a los bebedores más empingorotados de la alta clase limeña», y el café-concierto Cristini — donde actuaban bailarinas semidesnudas— se tornaron en el centro de una activa bohemia literaria49. La capital limeña experimenta en esos años un insospechado cambio en materia de patrones morales. El burdel, al convertirse en ámbito público por excelencia, pierde la nota de clandestinidad y vergüenza del pasado. Su visita era, para los jóvenes del Oncenio, casi una regla de cortesía y una 30
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