Ley y justicia en el Oncenio de Leguía

insinuaba la posibilidad de dotar al Estado de «atribuciones bastantes para llegar hasta la socialización de ciertos servicios, si ello fuera indispensable para abaratar la vida». «No me deis país rico con gente pobre», exclamó Leguía, antes de concluir con la invocación a formar un gran partido nacional, «que destruya los antiguos vínculos y compromisos personales». El programa debió captar inmediatamente el apoyo ciudadano, en tanto crecía el descontento frente al gobierno civilista. A mediados de marzo de 1919, el editorialista de Variedades reconocía irónico: La fuerza política del señor Leguía ha tomado mucho cuerpo: sus promesas de hacer un maravilloso gobierno, sus planes de saneamiento moral, de renovación de métodos, de enérgica orientación patriótica en el orden internacional, y tantas ofertas más, han prendido en la voluntad de los pueblos, y como a estas alturas ya sería muy difícil que nos saliera otro señor abnegado que levantara como bandera otro programa estupendo y seductor, no vemos cómo podría complicársele el éxito al señor Leguía12. Los hechos se sucedieron con rapidez. Mientras en la Corte Suprema se ventilaban más de treinta demandas parciales de nulidad relativas a las elecciones de mayo, un paro general era convocado hacia fines del mismo mes por anarquistas y estudiantes. Finalmente, en la madrugada de 4 de julio de 1919, el presidente José Pardo era derrocado bajo el cargo de pretender influir en la decisión de la Corte Suprema y Leguía quedaba instalado como presidente provisional. A nadie extrañó que la conformación de un nuevo Parlamento y una reforma constitucional fuesen las primeras medidas adoptadas por el nuevo régimen. El 12 de octubre de 1919, con una nueva Constitución, Leguía presta juramento ante la Asamblea Nacional como presidente constitucional del Perú por un periodo de cinco años que concluiría el 12 de octubre de 1924, merced a lo señalado por la Ley 400113. En su mensaje a la Cámara, Leguía reiteraba las promesas de un gobierno «perseverante, laborioso y honrado» que, con paz y orden, «harán segura y prontamente de nuestra Patria una de las más prósperas del Continente»14. La democratización del país y la acrimonia contra los «métodos caducos» de la política serían divulgadas a partir de entonces por la propaganda oficial como algunas de sus principales banderas15. Se inauguraba así formalmente la Patria Nueva y, con ella, el largo Oncenio leguiista. La experiencia política de Leguía, que se remonta a su actuación civilista como ministro de Hacienda en la época del primer gobierno de José Pardo 20

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