Las tumbas de Macchu Picchu

Interludio: MANCO INCA Si bien es cierto que el descubrimiento de América en 1492 dio pie a que zarparan naves llenas de españoles en búsqueda de gloria y fortuna, la conquista de los incas no fue inevitable. Cuando el conquistador Francisco Pizarro, 72 hombres a caballo y 106 hombres de a pie invadieron el Perú en noviembre de 1532, efectivamente contaban con armamento superior. También tenían otra ventaja: al llegar a la ciudad inca de Cajamarca entraron en contacto con un imperio en crisis. El antiguo emperador había muerto de una enfermedad —quizá la viruela europea que se había diseminado violentamente en América— y sus hijos habían luchado encarnizadamente por el poder 110 . No obstante, los incas seguían en ventaja. En Cajamarca los españoles se enfrentaron a un ejército de cuarenta mil (o más) soldados veteranos que estaban muy familiarizados con las peculiaridades de la guerra en las sierras. Estaban liderados por un emperador de 31 años, Atahualpa, quien hacía poco había ganado la guerra sucesoria. Arrogante y majestuoso, vestía un manto de piel de murciélago; todo lo que tocaba era quemado, tal como correspondía a un dios en la tierra. Sobre todo, era despiadado. Sospechaba, con razón, de las intenciones de los españoles, y planeó capturarlos y ejecutarlos antes de que dieran un paso más. Desafortunadamente para Atahualpa, los españoles tenían un plan muy similar. Ninguna ventaja tecnológica, biológica o cultural incidió en el resultado final: este se redujo a quién atacaría primero. Atahualpa fue llevado en andas a Cajamarca, seguido de un séquito cuyas plumas, plata y oro resplandecían, pero que en su mayor parte se encontraba desarmado, quizá creyendo que los españoles jamás se animarían a atacarlo en el medio de un asentamiento inca. Los españoles se escondían en los alrededores de la plaza central, y algunos estaban tan atemorizados que literalmente se orinaron de miedo. El fraile dominico que los acompañaba 87

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