«Los huesos están todos juntos», le escribió Hi a su padre. «El cráneo, piernas y costillas estaban todos a pocas pulgadas unas de otras. Buscamos cuidadosamente los restos de la caja pero no encontramos ninguna… el sepulturero buscó con mucho cuidado, y creo que todos los restos que ahí yacían han sido recuperados». Hiram empacó los huesos de su abuela en una caja de pino y los llevó a New Haven por ferrocarril. Probablemente era el único miembro de la promoción 1898 de Yale que literalmente cargaba con los huesos familiares en el equipaje. Sin embargo, cuando empezó sus clases, «ni pensó en los huesos de Sybil», escribió uno de los hijos de Hi. Su siguiente carta a casa manifestaba efusivamente su agrado por la «gran, maravillosa, magnífica» universidad, y no fue sino hasta dos semanas después que el joven le dijo a su padre que Sybil había sido reenterrada al costado de Hiram Bingham I. Hiram le explicó a su padre que había habido algunas discusiones con una amiga de la familia respecto del epitafio de la lápida, pero el universitario cambió el tema inmediatamente, para comentar sobre un regalo de la señora, «una muy bonita almohada de sofá» 40 . Quizá su animosa transición de los restos de su abuela a la comodidad física fue precisamente eso, una transición para cubrir lo que puede haber sido una experiencia realmente perturbadora. Para cuando llegó a Yale, Hi estaba tan apesadumbrado por la lobreguez y requerimientos de su legado familiar que quizá no tenía más alternativa que mostrarse despreocupado y alegre, especialmente con los huesos de la familia a cuestas. Si aquella alegría le molestaba a su padre, quien había llorado mientras enterraba y reenterraba a su primogénito en tierras lejanas, no dijo nada al respecto. Tenía la certeza de que Yale mantendría piadoso a Hi, como lo había hecho con él, cuarenta y cinco años antes. Hi respetaría a los muertos. Aun sería un misionero. 37
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