Las tumbas de Macchu Picchu

Capítulo 18 EL CAMINO A LA RUINA Emulando a los héroes aventureros de las novelas juveniles, Hiram Bingham y su nuevo perro, un hermoso Airedale Terrier llamado Checkers, subieron rápidamente las ruinas de Ollantaytambo para disfrutar de la vista del valle sagrado del Yucay. Era un día de sol radiante de abril de 1915, y Bingham estaba de vuelta en la tierra de los incas para dirigir la tercera expedición dedicada a los secretos de la historia de los incas. Como nueva base, la expedición había escogido el asentamiento moderno ubicado al pie de la cuesta. Después de partir de Chincheros aquel invierno, su asistente Osgood Hardy había alquilado y renovado una casa en Ollantaytambo, ambientando espacios de trabajo, un dormitorio, lavaderos, una cocina, un comedor, un almacén y un cuarto oscuro. Esta era la nueva institución arqueológica semipermanente de Yale, lugar que podría ser usado como base por expediciones extranjeras que desearan excavar la historia de los incas. Cualquier objeto excavado sería depositado en el instituto o en el Museo Nacional en Lima. No era una idea del todo original —Harvard, Columbia y la Universidad de Pennsylvania habían negociado la fundación de instituciones similares con el gobierno mexicano— pero el plan sugería que Bingham reconocía que en el futuro los tesoros históricos permanecerían en Perú417. Había anunciado el plan en Lima, donde fue considerado una victoria para el Perú. Los exploradores norteamericanos alguna vez habían querido enriquecer sus propios museos, pero «no pudiendo sacar del país los resultados de las excavaciones, vienen a establecer [un centro de investigación] en el centro mismo del territorio que vio desarrollarse la cultura», proclamó El Comercio en su portada 418 . El centro sería un sitio de intercambio y colaboración, «un lugar donde estudiantes peruanos y extranjeros siempre serán bienvenidos», le escribió Bingham a sus 261

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