que prohibía la exportación de objetos «de manera liberal, para promover que vayan exploradores y gasten dinero en el país y que hagan el tipo de trabajo que al Perú le gustaría hacer, pero que probablemente no puede costear sino hasta dentro de algunos años». La mejor solución sería la que se propuso dos años antes: que el museo peruano y la expedición extranjera escogieran los objetos por turnos. «Personalmente, no tengo interés en construirme un gran museo acá», escribió Bingham, «aunque estoy muy ansioso por tener el material arqueológico donde pueda ser estudiado, y esa fue mi principal preocupación al traer el material de Machu Picchu». Para demostrar que sus fines eran científicos, Bingham hizo una oferta digna de mención, una que demostraba su reconocimiento del derecho de Perú sobre la colección de Machu Picchu. «Ahora que ya casi hemos completado nuestros estudios tengo la intención de mandar piezas sueltas de vuelta al Perú». No obstante, cuando Bingham hizo traducir la carta al castellano, no incluyó los pasajes referidos a los objetos de Machu Picchu, ni la aseveración de que Yale no tenía interés en construir un museo 378 . ¿Por qué hizo esos cambios? Posiblemente porque sus estudios tomarían más tiempo del que había pensado. También era probable que temiera que si le refrescaba la memoria al Perú, este podría pedir de vuelta toda la colección de Machu Picchu, avergonzándolo frente a Yale. Pero la verdad era que Bingham acababa de recibir una propuesta de negocio: una manera de asegurarse su reputación a largo plazo recurriendo a unos cuantos ardides en el corto plazo. Mientras que la vanguardia de la expedición de 1914-1915 exploraba heroicamente la geografía del Perú, él compraría una colección de antigüedades sudamericanas de primer nivel y la llevaría de contrabando a New Haven. Evitaría al entrometido gobierno peruano y le aseguraría a Yale una colección permanente —y la ley peruana se podía ir a la porra—. 245
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