abusivas prácticas laborales del bajo Urubamba, donde había fuertes tensiones entre indios y blancos. El trabajo que se les estaba asignando — merodear en ruinas incaicas— tampoco les entusiasmaba. Era peligroso. Probablemente habían oído del niño que fue arrastrado por el Urubamba cuando trabajaba para los exploradores blancos el año anterior. Cuando los indios de Ollantaytambo llegaron a Mandor Pampa, encontraron el cuerpo de un indio que había sido acuchillado por la espalda el día anterior. Lo único que consternó a Heald era el no haberlo reclutado antes de que muriera. «Tenía buena apariencia, aquel indio», escribió después de ver el cadáver. Heald no se tomó la molestia de registrar lo que opinaron Richarte y Álvarez sobre el retorno de Yale. Solo nos queda imaginarnos el nerviosismo que sintieron al atestiguar el obvio conflicto entre los estadounidenses y los indios de Ollantaytambo. Los indios encendieron una fogata que alegaron se les fue de control y casi mató a Heald y al soldado, pero Heald tenía sospechas de juego sucio. Las familias indias de Machu Picchu también se debieron preocupar cuando Heald resbaló y cayó mientras intentaba escalar el Huayna Picchu, dislocándose el hombro pero salvando de morir. Unos días después arribó el hombre que había puesto todo en marcha: Hiram Bingham, el alto yanqui de la sonrisa mustia, acompañado por otro soldado peruano y un empalagoso caballero del Cusco llamado Jara, quien se presentó como el «agente» de Mariano Ignacio Ferro, el dueño de las tierras en las cuales se ubicaba Machu Picchu. A Ferro le sorprendió enterarse de que semejante ruina se encontrara en su propiedad, o de que hubiera indios cultivando ahí, pero Bingham ya había llegado a un acuerdo con él 280 . Bingham le daría a Ferro —después de descontar la mitad que le había prometido al Perú— un tercio de todos los «tesoros, monumentos y cualesquiera otras riquezas que encontrara» 281 . El agente de Ferro, Jara, se aseguraría de que Ferro obtuviera la parte prometida del oro o la plata que encontrara la expedición, pero también de que Richarte, Álvarez y Fuentes comprendieran quién era el dueño de la tierra en la que vivían. Machu Picchu seguiría siendo su hogar, pero por esta temporada sería un sitio arqueológico y no tierras agrícolas. No era que tuvieran tiempo para cuidar sus cosechas: ahora trabajaban para la expedición. En presencia del soldado peruano, Richarte y Álvarez casi no podían protestar. En un comienzo quizá incluso podrían haberse sentido 183
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