Las tumbas de Macchu Picchu

PREFACIO Y AGRADECIMIENTOS PARA LA EDICIÓN PERUANA En cierto modo, este libro comenzó hace más de trece años, mientras empacaba para ir a la universidad de Yale a empezar mis estudios de pregrado. Quería estudiar arqueología, y mi padre, que sabía más que yo sobre la historia de Yale, me regaló una camiseta con una imagen de Machu Picchu. En la espalda, además, había una imagen en blanco y negro de un hombre alto a quien nunca había visto antes: Hiram Bingham, el historiador y explorador de Yale que dio a conocer Machu Picchu al mundo luego de su visita en 1911. Guardé la camiseta, que creo solo usé una vez, y hacia el final de mi primer año en la universidad me di cuenta de que estaba menos interesado en la arqueología que en la historia, la antropología y la literatura moderna de América Latina. Cuando volví a la arqueología —y a Bingham— lo hice por lo tanto con una perspectiva completamente diferente. En 2002, cuando buscaba un tema para mi ensayo final en estudios latinoamericanos, comencé a investigar los documentos de Bingham y la expedición peruana de Yale que organizó. Lo que descubrí me sorprendió. En ese momento, la mayor parte de los recuentos norteamericanos sobre el descubrimiento de Machu Picchu comenzaban con la búsqueda de Bingham de las últimas ciudades de los incas: los asentamientos selváticos donde el mayor imperio precolombino de América se refugió de los españoles en el siglo XVI. Estos relatos llegaban a su culminación con la llegada de Bingham a Machu Picchu. Lo que develaron sus excavaciones solo era sugerido en epílogos. No existía una explicación completa sobre cómo lo hizo y por qué dejó la exploración en 1915. Sin embargo, la lectura de los diarios, manuscritos y cartas escritas en español que no habían sido examinadas previamente sugería una historia mucho más dramática, cargada de traiciones, muertes, intrigas políticas, contrabando y acusaciones encrespadas, que no hubiera sorprendido a 11

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