La urgencia por decir nosotros

Me parece que la marca más característica de la subjetividad emergente es el culto al espíritu de lucha. Es decir, la prestancia de dar todo de sí aun cuando no haya garantías de éxito. La fe empecinada en la fecundidad del esfuerzo. Idealmente, esta fe culmina en el éxito, o, al menos, en la buena conciencia de haberlo apostado todo. En cualquier forma, siempre vive la esperanza, la idea de que ya lo lograrán los hijos o los nietos. Creo que esta es la clave de lo que algunos psicólogos llaman «resiliencia». El término invita a explicar la capacidad de resistencia de hombres y mujeres que, pese a episodios traumáticos y múltiples carencias, no se caen sino que continúan movilizándose en la persecución de reconocimiento social y confort material. La genealogía de esta disposición remite a la tradicional laboriosidad andina. En un hábitat tan agreste, valles pequeños y altas montañas, el hombre de la antigüedad peruana tuvo que trabajar duro, y en forma mancomunada, para lograr subsistir y prosperar. Y la clave de esa disposición al trabajo duro estuvo en la institución de rituales festivos, y comunitarios, en los que la intensa alegría venía a premiar y estimular el desgaste del esfuerzo. La fiesta es la celebración del trabajo. En todo caso, tenemos una subjetividad disciplinada en el denuedo y la cooperación, pero para que esta laboriosidad diera paso a la lucha por el reconocimiento y a ser valorado como un igual, sería necesaria la extensión de los valores de la equidad y la democracia. Se trata entonces de ser alguien con los mismos derechos y similar dignidad que cualquiera. Entonces, no es de extrañar que cuanto mayor haya sido la postergación tanto más beligerante pueda ser el espíritu de lucha. 294

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