él padeció de diabetes infantil (conversación personal). 49 Mariátegui estuvo una semana en Huancayo. A este breve episodio se restringe su conocimiento directo del mundo andino. Aunque, de otro lado, asistió a congresos indígenas y conversó con sus líderes. La figura de Ezequiel Urviola fue muy importante para él. Representaba para Mariátegui el Espartaco de los Andes y quería creer que en poco tiempo surgirían muchos Urviolas. 50 El nombre no es desde luego gratuito. Es parte de todo el movimiento de revaloración de lo indígena. Tampoco es gratuito que la línea gráfica de la revista fuera ideada por José Sabogal, el gran pintor indigenista del siglo XX. 51 El anclaje biográfico de este sentimiento en el caso particular de Mariátegui es un tema que escapa a la línea argumentativa del presente ensayo. A pesar de que Mariátegui fuera definido como «blanco» desde el mundo oficial (es la categorización racial que aparece en el pasaporte que se le extiende para su viaje a Italia), es un hecho que su madre, Amalia La Chira Ballejo, tenía un claro fenotipo indígena y se duda respecto a que su padre legal —al que en realidad no conoció— fuera su padre biológico (Rodríguez Pastor, 1995). Mariátegui sintió en carne viva la oscuridad y la ilegitimidad de su origen cuando Foción Mariátegui, uno de los prohombres del leguiísmo e integrante reconocido de la familia, le devuelve el ejemplar de los 7 ensayos que José Carlos le había enviado como ofrenda. Finalmente, para redondear una aproximación, téngase en cuenta el deseo de Mariátegui por las muchachas blancas, felizmente realizado en el matrimonio con la joven italiana Ana Chiappe. 52 Esta posición es evidente en los siguientes juicios de Mariátegui: «Esa liquidación del gamonalismo, o de la feudalidad, podía haber sido realizada por la República dentro de los principios liberales y capitalistas. Pero por las razones que llevo ya señaladas estos principios no han dirigido efectiva y plenamente nuestro proceso histórico. Saboteados por la propia clase encargada de aplicarlos, durante más de un siglo han sido impotentes para redimir al indio de una servidumbre que constituía un hecho absolutamente solidario con el de la feudalidad. No es el caso de esperar que hoy, que estos principios están en crisis en el mundo, adquieran repentinamente en el Perú una insólita vitalidad creadora» (2007, p. 28). 53 He reconstruido la historia de la divulgación escolar de la historia del Perú en los siglos XIX y XX en el libro El Perú desde la escuela (Portocarrero & Oliart, 1989). 54 «En el Imperio de los Inkas, agrupación de comunas agrícolas y sedentarias, lo más interesante era la economía. Todos los testimonios históricos coinciden en la aserción de que el pueblo inkaico —laborioso, disciplinado, panteísta y sencillo— vivía con bienestar material. Las subsistencias abundaban; la población crecía. El Imperio ignoró radicalmente el problema de Malthus. La organización colectivista, regida por los Inkas, había enervado en los indios el impulso individual; pero había desarrollado extraordinariamente en ellos, en provecho de este régimen económico, el hábito de una humilde y religiosa obediencia a su deber social. Los Inkas sacaban toda la utilidad social posible de esta virtud de su pueblo, valorizaban el vasto territorio del Imperio construyendo caminos, canales, etc., lo extendían sometiendo a su autoridad tribus vecinas. El trabajo colectivo, el esfuerzo común, se empleaban fructuosamente en fines sociales» (Mariátegui, 2007, p. 7). 245
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