todavía impreciso, para redefinir el Perú total, como un estado multinacional, en que diversas etnias o nacionalidades que lo pueblan puedan encontrar su auténtica liberación y hallar su verdadera identidad […]. El indigenismo no es pues cosa del pasado, sino el inicio de la ruta del ancho y grande camino del mañana (Tamayo, 1981, pp. 18-19). El indigenismo, muy en particular la obra de Valcárcel, representa la resistencia al nacionalismo criollo y su proyecto de una modernización que erradique lo «arcaico», la historia. Si bien es cierto que el indigenismo no logra imaginar una nación peruana, sí, al menos, deja en claro que ella no puede concebirse prescindiendo de lo indígena. Esta resistencia, y el anuncio de la resurrección indígena, tienen en Valcárcel un carácter profético, pues no se derivan de una fundamentación empírica sino de una fe en que la capacidad creativa del pueblo indígena está viva, hibernando, a punto de eclosionar. Valcárcel se opone radicalmente al nacionalismo criollo, a esa propuesta costeña que no advierte valor alguno en lo andino. XI Luis Eduardo Valcárcel nace en Moquegua, en 1891, pero siendo muy niño su familia se traslada a vivir al Cusco. El padre es un comerciante afortunado y representante del Banco Popular en esa ciudad. Un hombre de una gran sensibilidad, según nos cuenta Valcárcel en sus memorias. La madre, pese a su gusto por el bel canto y el arte, era profundamente antiindigenista, y su actitud frente a la religión lindaba con el fanatismo, dice Valcárcel43. A los dieciséis años, Valcárcel nos cuenta en sus Memorias, está enamorado de una doméstica indígena, Mariacha, que trabaja en su casa. Es su compañía favorita. No obstante, la madre, aprovechando uno de los viajes de su hijo, despide a la muchacha. El amor se frustra (1981, p. 128). Esta historia, de atracción y amor, pero finalmente de ruptura, entre amos y sirvientes se repite una y otra vez en las memorias y la literatura del Perú. Desde Francisco Laso hasta Bryce Echenique, pasando por Arguedas y Maruja Martínez. En todos los casos se trata de situaciones traumáticas en las cuales la fuerza y sinceridad del afecto infantil se estrella contra la realidad de un mundo jerarquizado que define estas relaciones como imposibles. Entonces lo que queda es un desengaño, la vivencia de una injusticia. Y el germen de una rebeldía. Probablemente la causa profunda del indigenismo. 212
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