del Perú, como la «cuestión» a ser resuelta, pues su presencia significaría un lastre que estaría impidiendo el progreso del país. Y Valcárcel empieza dejando en claro que, efectivamente, los indígenas son el «verdadero Perú». Para empezar son el 80% de la población. Y lo más importante de todo es que esta población, por razones que Valcárcel no termina de integrar en una explicación acabada, ha comenzado a «revivir». Es que él, Valcárcel, escribe desde la urgencia: la situación está cambiando rápidamente y el empuje de la población indígena es ya incontenible. Entonces es perentoria la necesidad de tomar decisiones. En realidad, sin embargo, el cambio no era tan rápido y, además, existía en el sentido común misti, solidificada como verdad incuestionable, la representación de los indígenas como seres abyectos. Entonces, atribuir un valor y una vitalidad al mundo indígena es sobre todo un acto de fe. En efecto, desde la élite cusqueña de la época, tan bien retratada por Juan Manuel Figueroa Aznar, el indígena era o bien invisibilizado (figura 1) o bien captado en su pobreza y sufrimiento (figura 2) o, en todo caso, idealizado en un contexto explícitamente artificial (figura 3). 193
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