mencionar a Rafael Tapia y a Cecilia Rivera. Por otro lado, desde hace mucho tiempo sostengo un diálogo permanente con Carmen María Pinilla. Hemos trabajado, al mismo tiempo, a José Carlos Mariátegui y a José María Arguedas. Mucho me he beneficiado de sus libros y de nuestras conversaciones. En el laborioso proceso de edición de este libro, he contado con el inestimable apoyo de Eleana Llosa. Sin su prolijidad y profesionalismo, mi vehemencia no hubiera tenido la guía que le ha permitido convertirse en un texto preciso. Le agradezco igualmente las numerosas sugerencias que han mejorado mis planteamientos. En este mismo aspecto hago extensiva mi gratitud a Patricia Arévalo que tomó a su cargo la última revisión de este texto. Y a mi familia —Patricia, Florencia, Rómulo— le tengo que agradecer el sustento afectivo que me permite mirar con ilusión el futuro. Finalmente, dedico este libro a la memoria de Alberto Flores Galindo y de Carlos Iván Degregori. Ambos muy cerca de encarnar esa figura idealizada del intelectual que describo en las primeras páginas de esta introducción. 18
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