sus creyentes. No parece existir la idea de una culpa o pecado original, ni tampoco un culto al sufrimiento. Más bien, a veces, en las fiestas, la alegría aparece como un deber, de manera que sustraerse a ella es una falta y un mal presagio. Los hombres y las mujeres hacen felices a las huacas a través de su goce y desenfreno. Y eso es lo que quieren las divinidades andinas: la fertilidad y la abundancia. Y están dispuestas a concederlas siempre y cuando los hombres y las mujeres las traten como ellas merecen. Llocllayhuancupa es hijo de Pachacámac, la huaca más importante de la costa peruana prehispánica. Este parentesco pone de manifiesto el deseo de los pueblos protegidos por Llocllayhuancupa de emparentarse con todos los otros pueblos que concurren al gran adoratorio de Pachacámac, el más importante de la costa en los Andes centrales. Con la llegada de los españoles y los sacerdotes, el culto a Llocllayhuancupa declina. Pero cuando brota una epidemia de sarampión, mucha gente, en forma cada vez más abierta¸ retoma el culto tradicional, pues presume que la peste es enviada por Llocllayhuancupa como un castigo por el olvido en que lo tienen. Más tarde, con la predicación del extirpador de idolatrías Francisco de Ávila, el culto fue nuevamente perdiendo terreno pero, como veremos, sin desaparecer. Y en este aparente retroceso, la figura de Cristóbal Choquecasha fue justamente ejemplar y decisiva, aunque también compleja y ambigua. El autor del manuscrito escribe refiriéndose a Cristóbal: «Si un hombre no hubiera vuelto a Dios con un corazón sincero, diciéndoles que estos (las huacas) eran demonios; es posible que hubieran seguido con estas costumbres durante mucho tiempo todavía» (Taylor, 2008, p. 97). Lo interesante es que en la subjetividad de Cristóbal se va perfilando una manera de pensar que gira en torno a la oposición entre un Dios bueno y muchos demonios malos. Es decir, de un lado está el Dios «verdadero» y del otro los demonios o huacas, que son seres malignos que pretenden engañar y perder a la gente. Se trata de un dualismo nuevo en el universo mental andino, pues con anterioridad no existía ni la idea de un «Dios verdadero», ni tampoco la de «demonios». Lo que sí había eran huacas o divinidades, unas más poderosas que otras. Y los pueblos buscaban colocarse bajo la protección de las más benevolentes para rendirles culto y recibir a cambio las mercedes respectivas. Este dualismo, entre el Dios verdadero y los demonios malignos, es el fundamento de la evangelización. Los sacerdotes cristianos pensaban que había que luchar 175
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