La urgencia por decir nosotros

Este es el planteamiento del joven Riva Agüero, el que emprende ese viaje iniciático por el sur andino que daría lugar a su obra Paisajes peruanos, que es el fundamento doctrinario del Partido Nacional Democrático. En realidad, se trataba de una propuesta que pretendía instalarse en un punto intermedio entre el llamado a la subversión del orden colonial efectuado por González Prada y el inmovilismo de la política criolla que giraba en torno a la lucha caudillista por el poder. Lucha que se repetía en la capital pero también en los departamentos y provincias. Este sistema, la política criolla, podía alcanzar cierta estabilidad en la medida en que se lograran coaliciones de interés entre los señores de Lima y los caciques regionales, cada uno con su respectivo séquito, garantizando el orden en su esfera de influencia. Mientras que González Prada llamaba a subvertir este orden desde abajo, Riva Agüero quería transformarlo desde arriba. No es gratuito que el partido que él fundara, el Nacional Democrático, fuera recibido con sorna por las élites criollas, que lo bautizaron como «futurista». Y si el apelativo hizo fortuna es porque era cierto que en el Perú de esa época no existía la disposición a actuar en política en función de principios y proyectos. De alguna manera, el Partido Nacional Democrático presidido por Riva Agüero y Víctor Andrés Belaunde repite el gesto de González Prada: pretende instituir una organización que desde la cultura convoque a las personas más esclarecidas del país, aquellas que no estuvieran comprometidas con la política tradicional, que fueran capaces de actuar en función del interés nacional, más allá de sus intereses inmediatos. El Partido Nacional Democrático logró aglutinar a la juventud del Partido Demócrata (Amadeo de Piérola, José María de la Jara y Ureta y José Gálvez), los pierolistas, con la nueva generación del civilismo. Es indiscutible que el «futurismo» se «adelantó» a su tiempo, pero su mensaje sería recogido más tarde por la Democracia Cristiana y, más decisivamente, por Acción Popular, en tanto que su jefe y fundador, Fernando Belaunde Terry, logra separar finalmente a las élites modernizantes del mundo criollo del viejo y caduco gamonalismo andino. Pero en la época del joven Riva Agüero, la lucha por democratizar al país, por redefinir un criollismo más abierto a la tradición indígena, al conjunto del país, era un empeño quijotesco condenado al fracaso. Nació en un vacío, pues no logró persuadir a la clase aristocrática limeña, que tendía a la oligarquía y a la exclusión de las mayorías indígenas, por las que sentía infinita distancia y desprecio. Y tampoco logró convencer a la 148

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