La urgencia por decir nosotros

patente en el desorden de la barba. Es como si estuviera retraído, pensando pero sin tener aún mucho que decir. En el retrato posterior luce más arreglado, la barba recortada, y sorprende su expresión directa y definida. González Prada mira directamente al fotógrafo con la expresión característica de la persona que sabe lo que quiere, que ha logrado una identidad definida. Y es que a partir de 1884 su vida se encarrila de una manera definitiva. El año 1886 empieza a participar en la vida pública y su producción literaria se incrementa notablemente. En el plano privado, en 1886 pierde a su madre y en 1887 se casa con Adriana de Vernuil y sufre luego la pérdida de sus dos primeros hijos. En todo caso, es claro que entre 1884 y 1888 González Prada ha llegado a convicciones que lo acompañarán el resto de su vida. Esta impresión de tener un propósito se hace más definida en la foto de 1905 (figura 3), a los 61 años. Pese a la edad, en esta foto es notorio lo enhiesto de su cuerpo, lo estirado de su postura. El telón de fondo nos advierte que se trata de una foto de estudio. Corresponde a una época en que González Prada es una celebridad, discutida pero admirada. Es una foto de vocación pública, pues pretende ratificar la imagen de un hombre movilizado por ideas que lo inquietan e impulsan. De hecho es su foto más conocida. La sensación de autocontrol y poder que nos transmiten su cuerpo y su mirada linda con la arrogancia advertida por su hijo. Ya está presente la figura del «apóstol»20, sobrenombre que adquiere fortuna por representar a González Prada como un creyente que divulga una buena nueva, la posibilidad de una regeneración del Perú, de un nuevo nacionalismo. En definitiva, para la juventud de la época representa una figura de avanzada, de desprendimiento y de proximidad hacia los más desposeídos. 121

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