La trampa

La mano de Enrique le tiene tomado el brazo y se lo aprieta reveladoramente. Su cuerpo se junta al d6l Maria de la Luz. Esta se sorprende. Qué. . . qué te sucede ... ? Marilú. . . yo . . . bueno, por qué nó tú y yo ... ? - concluye cínico. Estúpido! · Y yo que te había creído otra clase hom– bre ... Bruscamz nte se da la vuelta y se aleja en direc– ción contraria. No, no es que se sienta ofendida como una niña pura. Se siente herida en lo más profundo de su dig– nidad. I Enrique no es el único. Ya otros de sus viejos compañeros lo han hecho proposiciones semejantes, aunque todos tengan mujer y éstas sean amigas de María de la Luz. Qué asco! Pensar que eUa los había situado por encima de cualquier sospecha. Pero nin– guno de ellos le ha dicho: te amo! En ninguno ha vis– to sinceridad. Sus proposiciones son las del que quie– re saciar un apetito de momento. Una vez Manuel la miró de arriba abajo, la midió entera. Luego se le acer– có y en un descuido de los demás - más lejos estaba su mujer - le lanzó el insulto: "estás a punto ... ¿Por qué te niegas ... "? Hubiera querido atbofetearlo, pe– ro sentia horror al escándalo y menos en el partido. Se limitó a contestarle: "Si sigues, se lo digo a tu mu– jer... "Luego se alejó con las lágrimas reventándole en los ojos. I ·éste, al que nunca hubiero imaginado ca– paz! Tan tímido, tan sin personalidad, atreverse .. . ¿Es que ella debía ser la presa fácil de estos tipo's, te– nidos por modelo de corrección, de moralidad, de dis– ciplina... ? Una rabia sorda le mordía el pe cho. Qui– siera poder escupirlos. I no es por escrúpulos purita– nos. No, María de la Luz no tiene prejuicios, cree en la libertad en el amor. Pero así no. Ella cree en el amor. Por eso María de la Luz tiene fama de hosca, de ríspida, de orgullosa. I esa fama se extiende hasta -85-

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