La trampa
¡El crimen por el crimen! El crimen como argu– mento político de peso. Se pensaría que no hay otros medios para luchar. ¿Es que no se puede vencer al adversario, después de veinte años de acción partidaria, con argumentos ideológicos decisivos? O es que el adversario, a veces, tiene razón, a veces, defiende lo · justo y el partido se ha colocado en la posición contraria? Nuestra lista de muertos es ya demasiado larga. • Tenemos montañas de muertos, largas filas de muer– tos. Sus fantasmas se alzan como un permanente aler- ta al partido. I como una permanente acusación. ¿Cuál ha sido el fruto de esta generosa siembra de cadáve– res? Muertos amigos y muertos enemigos. En cnnbos casos, esgrimimos idénticas necesidades. Pero voy cre– yendo que estos muertos no nos sirven sino para pro– nunciar encendidos discursos, y para señalar a los "o– tros" como autores de los crímenes cometidos por el partido. Creo que los más avisados, los viejos "camaradas", están sintiendo un poco el olor a cadaverina q ue des– pide el partido. Alguien ha dicho, refiriéndose a nues– tra voluminiosa estadística mortuoria: va a llegar el día en q~ el partido sea más de muertos que de vi– vos. El "jefe" ha recomendado elevar cenotafios en las ciudades más decididamente unionistas ... Parece que cuando las cosas han llegado a su clímax y se avecina un nuevo colapso, los líderes sólo piensan en un recurso: un muerto! Quién? · No impor– ta. Hay que buscarlo. Del lado de los otros o del nues– tro. Lo que interesa es el argumento truculento de un crimen, que sirva de motivo para encender el comenta– rio callejero. Ya veremos cómo se lo achacamos al enemigo. Por ejemplo, podemos decir que ellos mismos han sacrificado a uno de los suyos para inculpar al partido y p~dir nuestra liquidación. I si el muerto es -59-
Made with FlippingBook
RkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx