La trampa
Los muertos. Es cierto que, a veces, los muertos sirven para al– go. Sirven por ejemplo, para exaltar las condiciones re– volucionarias de la masa. Para levantar su entusias mo. Sirven para aumentar la lista de mártires y exhi, birla por encima de los otros partidos que no han lu– chado, que no tienen presos, perseguidos o asesinados en sus filas. Sirven para proclamar a grandes voces las virtudes heróicas de sus militantes. "Ese es un par– tido cuyos afiliados se dejan matar por sus ideas", di– cen los que espectan desde las galerías. • Pero, a veces, los muertos pesan como lozas de piedra sobre la vida del partido. I es que no siempre nos pertenecen. Muchas, son del otro lado. I entonces, las represalias son mil veces peores que la persecu– ción política. Ya no se trata de combatir las ideas di– sociadoras, los principios izquierdistas, los métodos en pugna con el viejo sistema feudal-burgués imperante; se trata de repeler el crimen, de exterminar el terroris– mo, de suprimir a una banda de asesinos. Así el crimen de los esposos Castro Hinojosa. Así el asesinato del periodista Garmendia, "suprimido" pa· ra impedirle seguir combatiendo ciertos proyectos pre– sentados al Congreso por los r'epresentontes unionistas. 58 -
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