La trampa
dicos! Se desvaneció la última esperanza de que fuese un error. Su hijo era un asesino ... ! Con la voz estran– gulada, preguntó: ¿Cómo ... fué? No lo sé. . . no lo· puedo saber ... Los dulces ojos están enrojecidos por el llanto in– finito y toda ella es un temblor doloroso. Ha envejeci– do. Lacia, páli'da, un rictus amargo le agesta la boca despintada. - Marta. . . este es el fin ... ! - gime Stool. El fin de tu carrera, ya lo sé ... Había pensado tantas veces en este momento, en cómo lo -afrontaría. I sin embargo, ahora es tan difí– cil, casi no le salen las palabras. Aplastado, Stool se deja caer en el ancho sofá y c.on gesto mecánico, se seca el sudor de la .cara. Su roja cara está congestionada. Rénunciaré antes que me den de baja. ; . me iré lejos. . . lejos ... - . I yo ... ? y tus hiios .... ? I Charlie ... ? -gime ella. No, no, ésto no lo esperaba. Irse su marido sí que es superior a sus fuerzas. Lo hq aguardado como un su– premo refugio, para hundirse en él y juntar sus últimas fuerzas a las suyas. · No, Marta, no me iré ... ¡ni sé lo que digo ... ! pe– ro no quiero ver a nadie, ¿lo oyes? a nadie. . . ni a la familia ... Marta, - ruega al fin - ¿cómo ha sido ... ? ¡Dímelo tú! ... Bien quisiera saber, explicármelo, para justifificar– lo. . . pero nunca habló. . . nunca ... ¿No decía nada ... ? I ese era tu hijo ... ? Mi hijo ... ! Había cambiado tanto. . . Al princ1p10 creí que estaría enamorado. Los muchachos cambian, me decía, se aislan. Se vuelven para adentro. Pero después ... Después, qué ... ? Después le veía nervioso, entraba apurado, salía rá- - . 42 -
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