La trampa
da - no lo sabe María de la Luz - es una estrecha cel– da donde la detenida pasa la noche en pie. María de la Luz se echaría a llorar si no fuera porque no es digno de una revolucionaria dejarse ver débil. Pero siente que el llanto la ahoga y muer– de en silencio su pañuelo. Acaba de amanecer y una débil luz se filtra por la ventana. La guardiana llama a María de la Luz, a la dirección de la Comisaría. Allí la espera la monja que la conduce a esta celda. Por lo menos, aqui está sÓla. Qué noche de ho– rror! . .. no quis iera tener que pasarla de nuevo con tales compañeras. . . las pobres, tan ignorantes y tan desdichadas. . . "el producto de una sociedad en de– cadencia. . . de un mundo que termina". . . pero, cuán– do ... ? Vendrán días mejores, también habrá justicia para ellas. . . trabajo dignificador, familia, hijos. . . I si no para éstas, para las generaciones que vendrán ... Un hilillo de lágrimas le corre insensible por la ca– ra. Está echada de espaldas, sujetándose la n uca con las manos. Al fondo, la blanca pared se ilumina con la luz de la luna. Sus rayos se extienden y pasan jus– to a la altura de su cara, sobre su cama en sombras. Su vida. . . veintisiete años. . . Su hija. . . su pe– queña hiia ... ! De repente, un aletazo pasa rozándole la cara y enfila hacia la ventana. Un murciélago enorme ha en– trado en la celda siguiendo el rastro de la luna, y pa– ra salir, ha pasado muy cerca de su cara. María de la Luz se estremece toda, se cubre la cara con la sábana y rompe a llorar en sollozos baji– tos, incapaz de contener por más tiempo el torrente de sus lágrimas. - 40 -
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