La trampa
frazada de lana de esas que usa la tropa.· Todo el día ha estado sola, nadie ha venido ni siquiera a interro– garla. Pero la comisaría, qué nauseabunda cosa es la co– misaría! ... Mujeres de todas las fachas, de todas las vestimentas, de todas las edades Y condiciones. A todo lo largo de la pared, una banca adosada, la que sirve de asiento y de cama a estas detenidas eventua– les. En lo alto del techo, un foquito alumbra con su luz amarillenta los extraños rostros. Las mujeres bos– tezan - es la una de la madrugada - rezongan, pro– fieren insultos contra la guardiana. Alguna cuenta su odisea. La pescaron cuando hacía su recorrido habi– tual por ciertas calles del centro de la ciudad, buscan– do "clientes" ... No tenía libreta. Otra llora bajito, se– cándose la nariz y murmurando quejas. Otras se ras– can bruscamente y lanzan interjecciones contra los bi– chos de que está poblada la pared. Cuando María de la Luz es introducida a ese an– tro de suci-edad, las detenidas se miran intrigadas: és– ta no es de las nuestras. . parecen decirse. Su vestido , correcto, su aspecto decente, las hace sospechar. Ah, esta es una "política". . . I sueltan una risa burlona. La guardiana asoma por la ventanilla y profiere un gro– sero: silencio! . . . Recibe un escupitajo y un insulto. Maríc;i de la Luz quiere hacerse invisible para no sufrir la mirada hostil de sus compañeras de detención. Trata de sonreir, humilde. A lguna le hace sitio oara que se siente. Ella acepta el pedazo de banca. Es la media noche ya, pero se siente incapaz de pasar el res– to del tiempo de pie. No importa que su compañera ofrezca un aspecto tan repugnante: los pelos hirsutos le caen sobre la cara, sucios quiñapos cubren su es– mirriado cuerpo. Luego María de la Luz se da cuenta de que es una de esas locas mansas que deambulan por las calles. La policía las recoje en la noche y las - 38
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