La trampa

Al "jefe" no le gustan las mujeres. Su influencia en el hombre es nefasta. Le debilitan el carácter, lo ablandan, lo perturban. La juventud debe hacer de– porte para olvidar a las mujeres. Bañprse. Las muje– res deben quedarse en su casa, dedicadas a las fun– ciones domésticas: preparar los alimentos para ·el ma– rido y los hiios, la r(j)pa limpia, etc. Como en los bellos tiempos griegos de Sócrates y Platón, las mujeres deberían ser excluídas de las reu-. nionBs de los hombres ... Las mujeres son frívolas, vacuas, superficiales, charlatanas. Sus pequeñas cabezas apenas si les da para adornarse y conquistar al macho. Además, apes– tan. Uno no se libra de su olorcillo, al cabo de un rato de estar con ellas. ¡Un mundo solo de hombres! Sólo que el proble– ma de la reproducción lo complica todo. Una vez, en uno de sus sombríos ratos, el "jefe" ha dicho: "lo que importa es llegar. No importa cómd. A v-eces hay que meter las manos hasta el fondo de la inmundicia, pero si con ello obtenemos una v-entaja en el camino del triunfo, no importa. Ya habrá después cómo lavárselas y hasta echarles un poco de perfume". Ni el "jefe" ni los líd-eres desdeñan el trato con los más conspicuos representantes del sector enemigo, de la "reacción". La política es una cosa y las vinculacio– nes personales, otra. Todos los líder-es y el "jefe'' mis– mo, se han relacionado con los hombres de la vieja cas– •ta feudal burguesa en los altos centros de éstudios, uni- versidades. También en ·el extranjero, el "jefe" ha man~ tenido o bi:iscado la relación con los turistas ricos del país. Esa amistad ha permitido la formación de pactos, en los que nada tiene que ver la ideología avanzada del unionismo. Lo único que ha inter-esado son las mu- -116-

RkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx