La trampa
Sobre la cama, en confusión y desorden, hay li– bros, corbatas, medias, papeles, sobres vacíos. Es la cama de un hombre de genio. El "jefe" desciende de una vieja familia' provincia– na. Sus escudos de armas están muy mohosos, pero le agrada que sus íhtimos los saquen a relucir cada vez que se ofrece la ocasión. Siente placer que le re– cuerden que desciende de la raza española, quizá en– troncada con algún capitán de Pi;mrro, pero también le agrada parecerse a un antiguo emperador indígena. Ambas coincidencias suele explotarlas hábilmente an· te los periodistas extranjeros, para que resalte st.i ac– tual entrega a la causa de los oprimidos. El "jefe'' está cansado de las comidas pobres, de esas que tenía que soportar durante sus años de estu– diante y luego en las épocas de persecución. Ahora se alimenta pródigamente. Son notables sus comidas. Tie– ne una cocinera provinciana como él, que le prepara suculentos platos regionales. Por eso su gordura que ya linda con la obesidad. Pero en el aspecto de su personalidad, hay que re– conocerle que tiene una atracción casi magnética pa· ra la masa, sobre todo, para la juventud. Basta que le oigan una v-ez para que los jóvenes se sientan atraídos por el "jefe". De ahí que su partido haya sido prepon– derantemente un partido de jóvenes. "Los viejos a la tumba, los jóvenes a la obra", repiten sus leales, recor– dando la consigna de un viejo reformador social. Lo que desa~rada en el "jefe'' es su figura un p~– co antiestética por lo deforme. Grueso, más bien de ba– ja estatura, tiene la cabeza metida entre los hombros. Sus manos son muy pequeñas y fofas. Su voz se le quiebre en falsete. La mirada felina, casi nunca mira de frente. Su andar arrítmico, da la impresión de un ave palmípeda en actitud de huída. Cuando ríe, ense– ña la doble hilera de dientes, desiguales, amarillentos, endrmes. Uno creería que no se cepilla los dientes. -114-
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