La trampa
sa y su más lejano recuerdo fué el hecho brutal de un lanzamiento: su hogar, en el cual solo había cuatro ni– .ños menores, pues la madre estaba ausente, fué vio· lentamente invadido por la policía, ' el juez y los em· pleados judiciales, y desalojado a viva fuerza de to– dos sus enseres que fueron arrojados a la calle, dejan– do a ks niños en la vía pública hasta la llegada de la madre. Marilú tenía entonces siete años y recuerda que su horror y su coraje fueron tales que, en presen– cia de los guardias, cogió una piedra y rompió el can- . dado para intentar de nuevo ocupar su casa, ante la mirada impasible de la policía y de los representantes de la Ley. La vida había de darle otras experiencias que afir– maron en ella el deseo de luchar para conquistar la iusticia y romper las barreras que impiden a los más desvalidos el disfrute de la felicidad. En el unionismo, creyó encontrar la respuesta a sus inquietudes sociales y por eso decidió incorporarse a sus filas. Apasionada y vehemente, había tomado los ideales del partido como una nueva religión y se había entregado a la causa de una manera total y ab· soluta. · No, no era perfectó el partido. No era el movimien• to unionis'ta todo lo radical que ella le creyó al princi– pio. Pero sus enunciados sociales estaban dentro de la realidad de un pueblo impreparado y por los cami– nos del unionismo - demoliberalismo pequeño bur– gués - podía irse con paso firme hacia las definitivas conquistas de todos los derechos sociales. Al menos, eso era lo que suponía la romántica imaginación de María de la Luz. María de la Luz sube nerviosa al tabladillo. Siem– pre le sobrecoje la multitud. Una especie de angustia le agarrota las fauces y su lengua empieza a secarse. Busca un vaso y toma dos traguitos de agua. Luego piensa, recurso pueril, que la masa es ingenua, que -103-
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