La música de las bibliotecas: política y poética de un espacio público, hoy

62 La discusión no solo atañe a los bibliotecarios. Nos atañe esencialmente a todos porque concierne a infor- mación, saberes y (re)conocimientos. A la vida pública y a la privada. Y a la posibilidad de transformarse a partir del (re)conocimiento. Concierne lo mismo al hacer que al pensar. Al ejerci- cio del poder, sobre uno y sobre los otros. Si les hubiéramos solicitado a diferentes profesio- nales de todo el orbe que respondieran, los sociólogos seguramente las habrían clasificado en el rubro «tercer espacio»: ese que difiere del primero, que es la casa, y del segundo, que es el trabajo. «Terceros», es decir, lugares más o menos neutrales, lugares públicos, donde la gente puede reunirse e inte- ractuar. En los que uno puede interactuar, como los ca- fés, los pubs , a los que, por cierto, mucha gente también acude o acudía a leer y a escribir. «Tercer espacio» es un concepto creado por Ray Ol- denburg, un sociólogo norteamericano. Él nunca lo pensó expresamente para las bibliotecas. Pero no po- cos bibliotecarios se lo han apropiado. Algunos incluso piensan que, si bien las bibliotecas públicas no lo eran, lo serán cada vez más en el futuro, en la medida en que los cafés y otros espacios que Oldenburg consideró para su modelo han dejado de ser espacios informales para la conversación y la educación, al tiempo que muchas

RkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx