La independencia inconcebible

guayaquileño El Patriota— la proclama de La Serna dirigida al pueblo de Lima el 4 de julio de 1821, un día antes de su salida con dirección a la sierra central. Este escrito expresaba la sensación de desaliento que experimentó el virrey con el fracaso de las negociaciones emprendidas con San Martín en Punchauca para pacificar el territorio en los términos más favorables para la Monarquía. Acusó a los enemigos del fracaso de un acuerdo que habría supuesto que «los diputados nombrados por mí y por el general San Martín marchasen a la península para exponer al gobierno supremo de la nación sus quejas y medios de remediarlas». La Serna destacó por sobre todo su tono conciliador, que le llevó hasta a ofrecer a los patriotas la fortaleza del Callao como garantía de que se cumpliría religiosamente con lo acordado; pero, a continuación, confesó que la ruptura de la vía negociadora le obligaba a retomar la estrategia de la confrontación bélica. La forma de emprender esta lucha armada implicaba abandonar la plaza de Lima por su vulnerabilidad, tal como lo resumió con estas palabras: «los enemigos más que nunca principian a desplegar con actividad movimientos hostiles, y por lo tanto me veo preciado a usar de medios extraordinarios, y de planes más vastos y extensos que los que permite la mera defensa de una ciudad situada de un modo muy contrario a las operaciones militares»41. Se ha explicado esta decisión de la máxima autoridad peruana de abandonar la sede de la corte virreinal como resultado de su experiencia adquirida durante la guerra de la independencia española: «La Serna había visto a Madrid en manos francesas desde 1808, sin que eso afectara un ápice la conducción de la guerra, ni su victorioso final» (Albi de la Cuesta, 2009, p. 336). Pero el mismo virrey confesó que una medida de ese calibre tuvo que meditarla mucho y, finalmente, tomarla para evitar un mal mayor: […] vacilante muchos días en si abandonaría un pueblo que por tantas razones apreciaré siempre, o si trataría de defenderlo a toda costa; quedando yo mismo sepultado para siempre entre sus ruinas y sus cadáveres, tuve que ceder por último al deber y obligación de hombre público. Así que me fue forzoso desprenderme del cuerpo de tropas que marcho con el señor general Canterac para asegurar las provincias del Alto Perú amenazadas; y por lo tanto tendré tal vez que operar por algún tiempo con el resto fuera de la ciudad y sus inmediaciones, lo que me obliga a depositar lo que podía serme embarazoso en la plaza del Callao, a fin de que se hallen prontas las tropas para acudir al punto que sea necesario, y para moverse en la dirección oportuna en más o menos distancia, según convenga (citado por Albi de la Cuesta, 2009, p. 336). 40

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