La independencia inconcebible

americana fue el de treinta, los mismos suplentes de las Cortes que se instalaron en Cádiz en setiembre de 1810. Al Perú le correspondieron de nuevo cinco diputados. Entre los residentes en tierras ibéricas se difundió pronto el descontento ante la que consideraban magra representación de las provincias americanas. Tal realidad llevaría a la desafección política ante una representación inequitativa, que en última instancia conduciría al abandono de las Cortes de los diputados continentales americanos en febrero de 1822. Las muestras públicas de disconformidad se hicieron pronto evidentes y las peticiones formales y manifiestos buscaron revertir la situación. Poco se conoce acerca del papel que jugaron en tal coyuntura los residentes peruanos o vinculados con las regiones andinas en defensa de la representación equitativa en el poder legislativo. En un manifiesto fechado en Madrid el 31 de marzo de 1820 que, según sus propios términos, defendía a ultranza que «la representación nacional es una misma en ambos hemisferios» y, en consecuencia, exigía el reconocimiento de un diputado en proporción al número de almas, encontramos entre sus firmantes a peruanos como Manuel de Ynca Yupanqui, Mariano de Rivero, Antonio de Villa Urrutia, Manuel de Vidaurre, José Manuel de Goyeneche, conde de Guaqui, o el marqués de Feria y el marqués de Selva Alegre, lo que indica la importancia y significación del grupo de presión peruano en la Villa y Corte. En 9 de abril de 1820, el arequipeño Mariano Rivero firmaba junto a otros exdiputados una petición para que se reconociera la representación a aquellos que eran miembros del congreso cuando este fue disuelto en 1814349. Abundando en pedir derechos de sufragio para quienes hubieran sido vecinos de las provincias americanas, alguien como Francisco Carrascón, quien había tenido un papel destacado en la rebelión del Cuzco en 1814 (Cahill, 2011; Molina, 2010), pedía que se concediera el derecho de sufragio no solo a los naturales o vecinos de Ultramar que se hallaren en la capital en esos momentos, sino también a aquellos que como él, prebendado durante veintitrés años en el Cuzco, habían sido durante largas etapas vecinos de ciudades americanas o que en la práctica lo siguieran siendo, a quienes apelaba de «avencindados peninsulares en las Américas»350. Puede haber sido una reclamación a título individual, pero en cualquier caso evidencia al menos dos aspectos a tener en cuenta. En primer lugar muestra, como en el caso de la reclamación de una mayor representatividad para las provincias de Ultramar, el activismo político en 248

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