La independencia inconcebible

política del Trienio Liberal. Vargas Ugarte propone que el envío de comisionados se debió al desacuerdo con el absolutismo y al miedo a perder las colonias (1929, p. 287). Sabe que Abreu iba a Chile y cambió de destino, y le valora porque, siendo consciente de la ventaja de los independentistas, dio muestras de carácter no retrocediendo ante La Serna y los oficiales (1929, p. 289). La negociación se frustró, en su opinión, por los desacuerdos en torno a la aceptación de la Constitución y/o el reconocimiento de la independencia, y porque «la camarilla de La Serna entró en acción». Su reflexión final va en la línea de ponderar el realismo y pragmatismo de San Martín a la hora de tomar decisiones. Porras Barrenechea (1951, p. 171) observa cómo en 1821 «estaban de moda las entrevistas y la pacificación», y hasta Fernando VII quería remozar «su política de latigazos»; de ahí los encuentros entre O’Donojú e Iturbide y Morillo y Bolívar. Tanto San Martín como La Serna buscaban la paz, aunque por motivos diferentes: La Serna quería ganar tiempo para preparar la salida de Lima y San Martín otro tanto, pero para que se recuperaran las tropas de Arenales que habían llegado de la sierra (Porras, 1951, p. 173). Pons Muzzo (1999, p. 28) encara las complicaciones de la comisión de Abreu presentando un balance historiográfico sobre su persona y su misión, y entra en los entresijos de las relaciones con el virrey y con la Junta de Pacificación, subrayando cómo la oposición de los oficiales y del Ayuntamiento pesaron en el fracaso. Pero su propósito central es valorar a San Martín por las soluciones que presentó, las mismas que en Punchauca le permiten referirse a un «hecho diplomático esencial en la historia peruana». En definitiva, Pons Muzzo opina (1999, p. 41) que la guerra hubiera terminado si los españoles hubieran aceptado las condiciones propuestas por San Martín. En la historiografía peruana, José de la Puente Candamo ha calibrado, de una parte, la incidencia de las negociaciones, objeto de análisis en varias de sus investigaciones; y, por otro, ha diseccionado los documentos oficiales en las ediciones de los manifiestos de Miraflores y Punchauca, insertos en la CDIP (1976, XIII, 2, pp. 150, 55-139). Recientemente, De la Puente Candamo (2007, pp. 59-67) se ha unido a las voces que tratan de recuperar el valor histórico de la hacienda de Punchauca. Otros tres autores han abordado recientemente la negociación de Punchauca desde la perspectiva española, entre ellos, John , Julio Albi y el marqués de Laserna. La atención de puede rastrearse hasta el Perú borbónico (2000, pp. 209-212). Con la edición crítica del Diario Político de Abreu, antes inédito, y otros tres documentos relacionados procedentes del AGI (Lima 800), con una introducción donde avanza sobre lo publicado en otro artículo, (2000b, pp. 70-71), resume los contenidos y presenta al comisionado, sus actitudes y su opiniones, así como su relación con La Serna, San Martín y con los oficiales realistas. Más allá de los resultados de las negociaciones, que no fueron positivas para los españoles, los documentos ponen de relieve, que unos y otros emplearon lo mejor de sus recursos argumentativos y operativos a favor de la causa en la que creían. Albi no da mucho más crédito a Punchauca que a Miraflores (2009, pp. 326-330), a las que califica de «conversaciones largas y tediosas» que solo tuvieron como resultado práctico los armisticios que suspendieron temporalmente las hostilidades. Era San Martín el que estaba en mejor posición, pero no considera que el virrey fracasara ni que diera muestras de debilidad frente a las presiones de la camarilla de militares, porque estos no formaban un frente homogéneo. El marqués de Laserna (2010, p. 368) no oculta su poca simpatía por los gobiernos liberales salidos del pronunciamiento de Riego y la vía de la negociación, «una política voluntarista, con 218

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