La independencia inconcebible

viajaba a su destino, se recibieron noticias de los avances de Bolívar y Pezuela le ordenó que regresara para asegurar la defensa de Quito. Ramírez se negó y continuó su marcha hacía el Alto Perú, donde el 24 de febrero de 1820 Canterac le hizo entrega del mando. A inicios de 1821 mostraría su disconformidad con la decisión de Pezuela de diezmar sus ejércitos para trasladar efectivos a la defensa de Lima. Cuando, el 5 de octubre de 1820, recibió la instrucción de negociar con los rioplatenses, se sentía incómodo con el virrey porque en los oficios le daba tratamiento de comandante general en lugar de general en jefe, y así se lo hizo saber. Finalmente, el virrey cedió, no sin advertirle que la denominación no se correspondía con las facultades que tenían los generales en jefe peninsulares. Pidió ser relevado y en junio de 1822 se embarcó para la Península. Entre otros destinos, fue nombrado gobernador de Madrid, Cartagena y el Campo de Gibraltar, manteniéndose en situación de «cuartel» desde 1830 hasta su muerte en 1852. Ver Hoja de servicios, Archivo General Militar de Segovia (en adelante AGMS), sección primera, 150, exp. 01. 153 «Carta de José de San Martín a D. José de la Serna». Huaura, 13 de febrero de 1821. En CDIP (1971, VI, 2, p. 268). 154 «Carta de La Serna a José de San Martín». Lima, 16 de febrero de 1819, en CDIP (1971, VI, 2, p. 268). 155 «Comunicación de Rudecindo Alvarado y Tomás Guido al capitán general José de San Martín». Huaura, 23 de febrero 1821, en CDIP (1971, VI, 2, pp. 270-272). 156 «Extracto del Diario del Ejército de Lima, que da principio en 29 de enero de 1821, en que se encargó del mando del Virreinato el teniente general José de La Serna». Torata (1896, III doble, pp. 330-331). Digitalizado en la Biblioteca Nacional de España. 157 Así las llamaba Sebastián Lorente (1871, p. 386). 158 Otero (1932, III, pp. 256-320) introduce el documento de 7 de febrero 1821 en el que Rodríguez Arias explica las razones que le movieron a abandonar su comisión. Ya sexagenario y en Cartagena, los dolores lo postraron, por lo que, al cabo de quince días, los médicos determinaron que no podía seguir el viaje. 159 Se han ocupado de ellas desde García Camba (1824, 1846) al marqués de La Serna (2010, 2012). La corriente más prolífica ha sido la que ha situado a San Martín en el epicentro, porque fueron el marco en el que mostró Su «capacidad diplomática», la fuerza de sus convicciones y la ventaja de sus armas, además de definir la alternativa monárquica que cristalizó en el Protectorado. Paz Soldán (1868, pp. 162-173, 445-467) no tenía inconveniente en acudir a García Camba al plantear la buena relación entre Abreu y San Martín, cuyo monarquismo justificaba porque temía que, de otro modo, se reprodujera la anarquía que asolaba Buenos Aires. Sin ser una investigación al uso, Mendiburu (1931-1938, I, pp. 53-57) proporciona información y documentos, como ocurre en la voz dedicada a Abreu. Otero (1932, III) va concatenando documentos del AGI con comentarios que se proponen poner en valor a la figura de San Martín. Señala la diferencia que observa en las instrucciones de los comisionados respectivos: mientras las de La Serna eran fundamentalmente militares y económicas, y estaban redactadas para conseguir un armisticio a la espera de los auxilios de la Península; las de San Martín, por el contrario, las dictaba «un alto sentido de la política» y buscaban el reconocimiento de la independencia. Tres autores de referencia son Vargas Ugarte, Porras Barrenechea y Pons Muzzo. Los tres sitúan a Punchauca en el marco de la 217

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