teniente general español José Canterac y el general de la República de Colombia, Antonio José de Sucre. Por último, está la capitulación final del Callao, de 22 de enero de 1826, tras la resistencia de José Ramón Rodil. 113 Los comisionados de San Martín en Miraflores y Punchauca, Tomás Guido y Juan García del Río, adquirirían una experiencia que les llevaría a formar parte de los gobiernos del Protectorado y a publicar trabajos sobre el juego de las relaciones internacionales. De hecho, Tomás Guido escribiría que Punchauca fue uno de los primeros pasos de la naciente diplomacia americana (Guido, 1865, p. 515). El neogranadino Juan García del Río había participado en 1814 en la legación de su país para conseguir el reconocimiento de la independencia y, de ahí, pasó a Chile, donde se vinculó a San Martín, quien le comisionaría a Londres junto a James Paroissien para conseguir empréstitos y buscar un miembro de la realeza para la proyectada monarquía del Perú. Después se aproximó a Bolívar, de cuyo gobierno fue también ministro, estuvo con Santa Cruz, luego pasó al Ecuador y, finalmente, a México, donde murió en 1856. Escribió la primera biografía conocida de San Martín: Biografía del General San Martín, por Ricardo Gual í Jaen (anagrama de Juan García del Río), publicada en Londres en 1823. 114 En la historiografía del siglo veinte, Robertson (1926, pp. 45-46) inició el camino y trató específicamente las negociaciones, llegando a plantear que si no hubieran intervenido las potencias extranjeras tal vez se hubiera podido llegar al reconocimiento de la independencia. Hamnett (1978, pp. 335-340) plantea que las negociaciones fueron un cambio de método para conseguir lo mismo que el absolutismo e incide en la poca confianza de los virreyes en las negociaciones; Anna (1986, pp. 261, 278-280) valora la política de apertura del Trienio y cómo los liberales tuvieron que plegarse a los intereses de la burguesía comercial, contraria a la independencia. Atribuía el fracaso de las negociaciones en buena medida a los oficiales partidarios de la guerra. Costeloe (1989, p. 114) pondera las negociaciones, pero concluye que ni el rey ni las autoridades constitucionales estaban dispuestas a renunciar al empleo de la fuerza porque no confiaban en que los insurgentes aceptaran voluntariamente la Constitución. 115 De todos los secretarios de despacho del Trienio dos estuvieron relacionados con el virreinato, el peruano Bodega y Mollinedo, secretario de Ultramar del 28 de febrero al 13 de marzo de 1822, y Dionisio Capaz, secretario de Marina en 1822 y 1823. Para la composición de los gobiernos y fechas de desempeño de los cargos es de consulta obligada Urquijo (2008). Ver en este libro «La independencia del Perú a través de las memorias de los ministros del segundo liberalismo», artículo de Amadori. 116 Un análisis sistemático y completo del tratamiento dado en la historiografía a las negociaciones en el Perú requeriría una investigación en sí misma. Son referentes, y se han utilizado en este trabajo, Paz-Soldán (1868), cuyo apéndice documental incluye documentos oficiales de las negociaciones; y Otero (1932), que va parafraseando documentos, especialmente del Archivo General de Indias, para reivindicar al Libertador, al que atribuye el haber sabido utilizar las artes de la diplomacia durante sus encuentros con los españoles. Tres trabajos específicos de la historiografía peruana, elaborados también con los documentos fundamentales y con planteamientos semejantes, reconstruyen las negociaciones de Miraflores y Punchauca. Se trata de Vargas Ugarte (1929, pp. 287-299); Porras Barrenechea (1951, pp. 171-183) y Pons 213
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