sobre la posibilidad de un trato con el enemigo, que lo único que pretendía era ocupar Lima por las armas, y entendía que no debían cesar las hostilidades hasta que los enemigos no abandonaran el territorio del virreinato307. A Pezuela le llamó la atención que lo hiciera al margen de las juntas en las que se veían todos los asuntos y reunió a La Mar, Del Llano y Olaguer y Feliú (Antonio Vacaro se uniría al día siguiente) para aclarar que ya se había acordado todo lo que proponía La Serna con anterioridad, excepto el punto quinto, que consideraba enviar fragatas de guerra a Intermedios a buscar unas tropas inexistentes. La constitución el 14 de noviembre, a solicitud de La Serna, de una Junta de Guerra para encarar la crítica situación del virreinato ya rotas las negociaciones de Miraflores y en guerra declarada, explicitó desacuerdos latentes cuando los oficiales que la integraban pretendieron intervenir en el ramo de Hacienda y tomar decisiones sin consultar al virrey cuando este no acudiera a las sesiones308. Pezuela, que solo estaba dispuesto a que la Junta tuviera carácter consultivo, tuvo que hacer concesiones el 16 de noviembre de 1820 con el fin de evitar males mayores (Pezuela, 1947, pp. 800-801). La Junta de Guerra supuso una vuelta de tuerca de La Serna, una prueba de su poder fáctico. La Mar, Del Llano y Olaguer y Feliú habían apoyado a Pezuela en juntas anteriores, pero La Serna contaba con Vacaro, que se había enfrentado a Pezuela en relación con la salida de buques del Callao y con el coronel Lóriga, que mantuvo un comportamiento ambiguo en Aznapuquio309. Sería en las reuniones cuando Olaguer Feliú y, sobre todo, Del Llano cambiarían de alineamiento (Marks, 2007, pp. 286-289). Canterac, que estaba en Lima desde el 7 de diciembre, no sería invitado a participar, pero los oficiales reunidos por Pezuela para la defensa de Lima tuvieron ocasión de encontrarse y de cruzar sus opiniones, no precisamente favorables a negociar. Las negociaciones de Miraflores mostraron la debilidad creciente de Pezuela. Por eso, cuando a mediados de diciembre de 1820 el Cabildo de Lima presentó la petición de notables de la ciudad para volver a la negociación, los militares de la línea dura se mostraron en contra. Entendían que la idea de negociar un armisticio era un despropósito y solo consideraban dos alternativas: la victoria o la derrota en el campo de batalla. Para Valdés y García Camba, la petición traslucía una conspiración orquestada por Pezuela, porque estaba considerando capitular, opinión de la que participa Marks (2007, p. 293)310. 182
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