San Martín conocía las dificultades de romper un frente bien guarnecido, para cuya defensa, además, el gobierno español había puesto al frente de su ejército a militares de prestigio, entre ellos Pezuela y La Serna. Por eso, optó por llegar a Lima por mar después de derrotar a los españoles en Chile. Cuando en la Península se planificó la política negociadora, se decidió nombrar comisionados al Alto Perú para parlamentar con los insurgentes de las provincias del norte del Río de la Plata que, con incursiones continuas, mantenían en jaque a los ejércitos españoles. En 1820 y 1821 Salta se convirtió en espacio de relación de los militares españoles con los gobernadores que se sucedieron (Güemes, Saravia y Gorriti), en un tiempo de enfrentamientos internos entre las provincias del noroeste y con un Pezuela agobiado por problemas que acabarían superándole y un La Serna concentrado en la evacuación de Lima y el traslado al Cuzco de parte del ejército y de la administración. El armisticio del 15 de julio de 1821 supondría el triunfo de las armas sobre la palabra. Pedro Antonio de Olañeta se movería con autonomía respecto a los virreyes, al comandante del Alto Perú, Juan Ramírez, y a los comisionados nombrados al efecto, poniendo de manifiesto su poder fáctico. La real orden del 11 de abril de 1820 instruía a Pezuela para que coordinara con el ministro de la Corte en Río de Janeiro, el conde de Casa Flores, las actuaciones a seguir en el Río de la Plata, por lo que ambos mantuvieron una fluida correspondencia entre setiembre y diciembre de 1820, sirviéndose de buques neutrales. La capital brasileña sería, a lo largo de todo el período, punto neurálgico de conexión entre la Península y los centros de poder realistas en América del Sur135. Entre setiembre y diciembre de 1820 el virrey se dirigió al menos en tres ocasiones a Casa Flores en relación con el proceso negociador con las provincias del Río de la Plata (11 de setiembre, 30 de noviembre y 10 de diciembre). El 11 de setiembre, día clave en el proceso negociador, Pezuela convocaba al ministro para cumplir conjuntamente con el encargo que el rey hizo a ambos de que cuidasen de la pacificación «hasta agotar los medios de dulzura y suavidad, antes de verse en la sensible precisión de tener que recurrir al estrépito de las armas». Desde mayo, Casa Flores tenía en su poder la Proclama de 31 de marzo y la real orden de 11 de abril, y así se lo había hecho saber a Pezuela (Memoria, 1947, pp. 722723). Este le anunciaba su propósito de encargar a dos oficiales de su confianza, el brigadier Pedro Antonio de Olañeta, comandante general de la Vanguardia del Ejército del Alto Perú, y su cuñado, Guillermo 122
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