PREFACIO La exploración del paisaje público peruano desde mediados del siglo XVIII hasta fines del siglo XIX me ha convencido de que, en contraste con lo que sostienen otras interpretaciones, la democracia cívica, entendida en el sentido tocquevilliano de práctica cotidiana y forma de vida con raíces en la igualdad social, el reconocimiento mutuo y la libertad política, estaba en la época arraigada en la región. A lo largo y lo ancho del continente, los ciudadanos organizaban miles de asociaciones cívicas, políticas y económicas, que les proporcionaban un ámbito en el cual podían dar una forma texturada y una silueta de perfiles definidos a sus deseos, en un tiempo en que la enorme mayoría de los funcionarios estatales y eclesiásticos era hostil o indiferente a ellos. Hombres y mujeres pertenecientes a la élite y al común, procedentes de zonas rurales y urbanas y de diferentes entornos socioétnicos, transformaron esos grupos voluntarios en «modelos de» y «modelos para» la vida democrática, según la terminología de Clifford Geertz. Estos enclaves de democracia salían a la superficie junto a otros de carácter autoritario, en una relación que a veces era de coexistencia y a veces de colisión. Los residuos producidos por estos encuentros dieron forma a los distintos senderos tomados por los peruanos en sus esfuerzos centenarios por establecer una vida democrática. La tradición democrática en el Perú es mucho más robusta de lo que los estudiosos han afirmado. También era imperfecta. El republicanismo cívico peruano nunca pasó por una edad de oro tal y como parece haberse disfrutado por momentos en distintas partes de Europa Occidental y América del Norte. En el Perú, la democracia realmente existente se distinguía por varios aspectos. Primero: mostraba una radical desarticulación. Los ciudadanos se atribuían horizontalmente, unos a otros, su sentido de la soberanía, en vez de delegarlo verticalmente en las instituciones gubernamentales, y con ello generaban una disociación entre las prácticas cotidianas y las estructuras institucionales. Segundo: exhibía una radical asimetría. Los ciudadanos ejercían la democracia en la sociedad civil con mayor disposición e intensidad que en cualquier otro 8
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