La formación de la sociedad civil y la democracia en el Perú

La vida pública del Perú y otros países latinoamericanos guarda una misteriosa semejanza con la comunidad organizada de Negara, en Bali, pero se diferencia de esta en los siguientes cuatro aspectos (Geertz, 1980). Como señalé en el prefacio, la vida pública en el Perú poscolonial mostraba un desequilibrio radical, con ciudadanos más inclinados a ejercer la democracia en la sociedad civil que en cualquier otro terreno; estaba radicalmente fragmentada, con ciudadanos incapaces de borrar las diferencias raciales y étnicas; estaba radicalmente bifurcada, con ciudadanos que se confiaban unos a otros su soberanía en vez de depositarla en las instituciones gubernamentales, y, por último, se apoyaba en un vocabulario basado en las concepciones de la individualidad propias del catolicismo cívico. 69 Véanse Anna (1983), Rieu-Millán (1990) y Guerra (1992), obras que hacen hincapié en la dinámica sociopolítica y cultural en España y no en América Latina. 70 Los radicales, los nacionalistas y los neoindigenistas han interpretado de distintas maneras la independencia peruana. Para radicales como Bonilla y Spalding (1972), y Cotler (1978), la burguesía nacional era, como el país mismo, atrasada e incapaz de alcanzar la emancipación. Según de la Puente (1970), Durand Flores (1985) y otros nacionalistas, el ejército español estacionado en el Perú era más fuerte que en los demás países, lo cual dificultaba a la élite urbana encabezar una lucha anticolonial. Para terminar, de acuerdo con Flores Galindo (1986), Burga (1988) y otros neoindigenistas, los pueblos andinos de lenguas quechua y aimara condujeron y organizaron esos movimientos con el objetivo de reinstaurar el imperio Inca (Tawantinsuyu) en el Perú. 71 En Mörner (1978) se encontrará un estudio de la vida socioeconómica en la zona. 72 Hunefeldt (1982, p. 67) hace una estimación ligeramente más alta. 73 Véanse también Aparicio Vega (1974, pp. 60-63, 254 y 280-281) y Urbina (ed.) (1971, pp. 77-78). 74 Véase Walker (1992, pp. 74-85) sobre la rivalidad entre aristócratas incas y plebeyos. Véase también Cahill (1988, pp. 133-159). 75 Véase también Salas de Coloma (1983). La autora calcula que en la zona había unas cuatrocientas diez mulas, lo cual significa que los muleteros eran aproximadamente ochenta (cinco mulas por recua). 76 Carvacho (1989, pp. 231-232) señala que el obispo de Huamanga, junto con el de Cusco, sostenía el probabilismo. Los jesuitas, que eran los principales adalides de esta doctrina, habían tenido una escuela en Huamanga hasta fines de la década de 1770. 81

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