Debido al limitado número de lectores en el país, los escritores públicos dependían del gobierno para obtener subsidios y se veían en la imposibilidad de hacerse un lugar estable y autónomo en la sociedad peruana. Aunque su situación siguió siendo precaria, los integrantes de asociaciones cívicas, económicas y políticas lograron preservar su independencia. Prácticas de lectura y escritura Los periodistas y los intelectuales públicos dependían de los funcionarios del Estado. Ni siquiera tenían un lugar en la vida pública en Lima, donde eran más influyentes a causa de la cantidad relativamente grande de lectores. El mercado para diarios, libros y revistas era tan limitado que ni siquiera los escritores más prolíficos y populares podían vivir de su trabajo: «los escritores carecen de un papel definido en nuestra sociedad y la actividad literaria no es todavía una profesión estable, por ende, para quien se dedique a ella es imposible sobrevivir con su trabajo, y no digo con esto ganar dinero, sino simplemente sobrevivir» (Leubel, 1861, p. 273). Los intelectuales públicos acudían a los funcionarios estatales en procura de subsidios. A fines de la década de 1850 el ministro de Estado Miguel del Carpio ofreció a los miembros de la Bohemia Literaria, el grupo de escritores más importante de la época, empleos lucrativos en el sector público: los bohemios estábamos de plácemes: podíamos aspirar a todo y alcanzarlo todo. Por fortuna para el ministro, sus bohemios no eran pedigüeños ni pretenciosos en política. […] A dos o tres de nosotros nos obsequió […] títulos o nombramientos de oficiales del cuerpo político de la armada […] recibíamos mensualmente treinta y dos pesos (Palma, 1971, p. 20). Los salarios que ganaban estos escritores eran modestos; esto los forzaba a tener varios empleos a la vez en distintos organismos oficiales, por cada uno de los cuales recibían un sueldo sin trabajar en ninguno. Los funcionarios estatales también se valían de subsidios indirectos y basados en el mercado para apoyar a los intelectuales públicos: «cuando el Congreso o alguno de los gobiernos quiere expresar su respaldo a la obra de un autor en particular, compran una cantidad x de ejemplares de ella» (Leubel, 1861, p. 274). En ocasiones, el subsidio se concedía a todos los integrantes de una publicación. El personal de redacción de La Revista de Lima (1859-1863), principal revista del país, se beneficiaba con este 231
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