La formación de la sociedad civil y la democracia en el Perú

mismo derecho de adquisición que tiene el común» (citado en Villegas, 1982, pp. 271-272)154. Cada equipo de trabajo estaba compuesto de cincuenta personas, todas de la misma vecindad; el día que les tocaba trabajar, las tabernas del lugar debían cerrar para impedir que se emborracharan o distrajeran. Cada brigada elegía a su líder, que debía asegurarse de que sus dirigidos completaran las tareas asignadas. La Sociedad invitaba a los agricultores arrendatarios a participar y les ofrecía tierras y agua a cambio de su incorporación al grupo, lo cual privaba de trabajadores a los terratenientes (Villegas, 1982, pp. 271-273). En palabras de Nils Jacobsen, la gente de Catacaos había creado una compleja serie de instituciones e identidades: regidos por una municipalidad republicana y representantes de sus intereses como propietarios por medio de una asociación voluntaria, se definían como nativos […], con sus propios mitos, festividades y costumbres «indias». Las principales familias de Catacaos aspiraban a ser ciudadanos de la república, granjeros y agricultores «progresistas» y miembros de una comunidad indígena al mismo tiempo (1997, p. 152). La Sociedad de Agricultura sobrevivió hasta bien entrada la década de 1890 y permitió a los aldeanos locales mantener el control de sus tierras y derechos de agua a pesar de la intensa presión de los dueños de las plantaciones de algodón, en una zona que representaba más del 50% de la producción algodonera total del Perú. Los propietarios de las plantaciones de azúcar y algodón del valle central de Lima crearon la Sociedad Agrícola (1865), con el fin de que sus «asociados puedan solicitar préstamos sin tener que pagar tasas de interés elevadas» (El Comercio, 1865a, p. 2; 1875c, p. 2). Diez años después, un segundo grupo de terratenientes del valle organizó la Sociedad de Agricultura (1875) con la finalidad de «ofrecer a los agricultores un lugar donde discutir inquietudes comunes y forjar lazos sociales» (Sociedad de Agricultura del Perú, 1875, p. 1). Como parte de su programa, esta última asociación publicaba El Agricultor, una revista escrita por y para los productores rurales, la primera en la historia del país. En palabras de los editores, el espíritu de asociación se ha propagado entre nosotros […] y nos hace posible tener una idea exacta y precisa de nuestros intereses comunes. […] La finalidad de esta publicación es reemplazar nuestro aislamiento habitual por costumbres asociativas, de modo que los productores rurales puedan aprender a constituir por sí solos otros tipos de grupos (El Agricultor, 1875, p. 3). 199

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