retomar la ciudad de manos de las autoridades militares locales. Luego de varios días de combates las fuerzas de Arequipa se rindieron y la ciudadanía reanudó la vida normal. Algunos años después, en 1871, el editor de El Eco del Misti, el diario más importante de la ciudad, resumió los principales cambios que se habían producido en el pasado reciente: «Hoy es imposible no percibir el espíritu asociativo y el enorme beneficio que nos acarrea. Este espíritu se comprueba en todos nuestros organismos científicos, nuestras sociedades artísticas, las asociaciones de socorros mutuos de los trabajadores, los bancos […] y nuestras compañías de seguros» (El Eco del Misti, 1871, p. 2). En 1872 los habitantes de Lima tomaron las calles y se alzaron como protesta contra el cierre del Congreso dispuesto por el gobierno, al que terminaron por derrocar, obligando así al ejército a volver a los cuarteles. En octubre de 1876, la Velada Literaria, un salón literario constituido por mujeres libres pensadoras, celebraba su reunión mensual como siempre, aunque en un clima de nerviosismo a causa de los rumores acerca de un golpe inminente (que en definitiva no se produjo). Una de sus integrantes describió la reunión de esa noche como sigue: «Teníamos miedo y estábamos convencidas de que nuestros peores pronósticos se harían realidad […], y esa misma noche [la de la reunión], aunque eso no impidió que nos encontráramos» (La Opinión Nacional, 1876, p. 2). Las señoras tenían razón al sentirse a salvo. La proliferación de asociaciones en el Perú permitía a civiles y soldados distinguir con claridad entre la vida pública y el ámbito militar (Villanueva, 1973, pp. 6297)134. El desarrollo de la vida cívica en la segunda mitad del siglo XIX reconfiguró tanto el paisaje sociomoral como el paisaje institucional. Pero la resistencia de la vida pública tenía límites, y algunos de ellos eran definitivos. La invasión y ocupación del Perú por el ejército chileno hizo estragos en la vida pública entre 1879 y 1884, según lo indica el cuadro 7.2. La cantidad de asociaciones se desplomó a veinticuatro, una caída del 75% en comparación con el quinquenio anterior. Durante la ocupación, los peruanos crearon seis grupos por año, un 82% menos que el promedio de antes de la guerra. A continuación, la vida pública se arrastró moribunda a lo largo de varios decenios. Otra manera de calibrar los perfiles institucionales de la vida pública consiste en estudiar el tamaño y la duración promedio de las asociaciones peruanas en la época. El 30% de los grupos tenían más de ciento un miembros; el 18% tenían entre sesenta y uno y cien; el 39% tenían entre 156
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