La vida pública continuaría para Larco Herrera. En 1904, sería elegido senador por el departamento de La Libertad y, hacia el año 1913, alcalde de Trujillo. Realizaría diversos donativos. Gracias a uno de ellos, con sentido humanitario, se construiría en Lima el hospital psiquiátrico, dirigido por Hermilio Valdizán, que lleva su nombre. Erigiría un museo arqueológico con sus propios recursos e impulsaría la creación de un distrito en su tierra natal (Valdizán, 1934). Atrás quedaba el libelo ofensivo. 2. EL ODIADO JUEZ DE ANTA Y SUS BRAVATAS Después de trece años de ejercicio de la magistratura como juez de primera instancia en la provincia cusqueña de Anta, don Mariano Espinoza decidió retirarse del cargo. El juez debió acumular muchos enemigos que, enterados de su partida, el día 23 de octubre 1900 en horas de la noche, Carlos Dolmos de Olivera junto a Benjamín Nava y Agustín Muñiz Castro, en asonada intentaron derribar a pedradas la puerta del domicilio. Al lograrlo, treparon al techo y lanzaron contra el piso las tejas con el afán de penetrar desde allí al inmueble. Por la violencia con la que perpetraron el asalto a la casa y los gritos que lanzaban contra el juez, podía deducirse que buscaban privar de la existencia a Mariano Espinoza. Según información de El Comercio del Cusco (30 de noviembre de 1900), al retirarse juraron asesinar al magistrado. Días después del intento de homicidio de Mariano Espinoza, mientras se dirigía a la hacienda de su propiedad, Huairuro-Kente, conducido en una silla de manos por cuatro individuos, delante de las autoridades que allí estaban presentes, fue arrojado al suelo por el zapatero Jacinto Araníbar. El agresor fue detenido. Sin embargo, por disposición del subprefecto Justo P. Ponce, se le devolvió la libertad. El trayecto a la hacienda se convirtió en un verdadero suplicio. Los detractores del juez Espinoza arrojaban cohetillos y lanzaban maldiciones a gritos. El subprefecto no daba ninguna muestra de interés en protegerlo ni exhibía energía alguna para amonestar y aprehender a sus agresores Muñiz Castro y Carlos Dolmos de Olivera. En el camino, la autoridad política de Anta se adelantaba como quien autoriza el sacrificio del juez y de su esposa. De no haber sido por la autoridad del alcalde y el apoyo de sus amigos, lo habrían victimado. Los padecimientos de Mariano Espinoza y de su consorte no culminarían en el trayecto. Durante su permanencia en 192
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