Juan de Betanzos y el Tahuantinsuyo

reflexionar acerca de lo que la autora llama «herencia posicional» para el área andina— compara las diversas relaciones de incas que aparecen en las crónicas de los siglos XVI y XVII. A partir de ello, destaca que el número de incas varía de manera dramática. Así, mientras autores como Miguel de Estete ofrecen un número reducido de gobernantes—apenas cuatro—, Fernando de Montesinos tiene una relación de más de cien gobernantes (Ramírez, 2006, p. 14-15)35. En este caso, utilizando como modelos los sistemas africanos de los yaro de Nyasalandia (malawi), los bemba del noreste de Rhodesia y el de los wambugwe de Tangañika, desarrolla para los incas los conceptos de «herencia posicional» y «parentesco perpetuo». En este sentido, menciona el hecho de que, dado que una misma posición —incluida la del Inca— tenía múltiples ocupantes a lo largo del tiempo, los nombres de estas posiciones eran heredados por estos últimos. De este modo, la autora explica el hecho de los múltiples nombres repetidos en las relaciones de los incas; los que, dentro de su esquema, responderían al hecho de que una misma posición era ocupada por distintas personas a lo largo del tiempo, por lo que asumían un mismo nombre. De hecho, parte de su argumentación se sostiene en ejemplos de la costa norte peruana y, aunque asume una situación parecida para los incas, reconoce que es difícil encontrar para el Tahuantinsuyo evidencias contundentes para su modelo. De cualquier manera, —qué duda cabe— el tema de la sucesión incaica merece un interés mayor de parte de los investigadores. Estos datos nos permiten entender la complejidad del asunto y la justificación de abandonar la empresa de reconstruir una relación exacta de los gobernantes cuzqueños, debido a que es evidente que cada uno de los cronistas que elaboró una relación distinta de incas lo hizo, no solamente sobre el recuerdo específico de sus informantes, sino que, dada la natural manipulación de la historia que desarrollaron los incas, estas relaciones se fueron recreando con el tiempo, e incluso adecuaron sus historias a la realidad colonial con el objeto de obtener privilegios ante las autoridades virreinales. Asimismo, debemos recordar que los cronistas escribieron historias que se basaron muchas veces en tradiciones orales que reflejaban rituales más que acontecimientos concretos. Es probablemente por esta razón que —como se ha comentado muchas veces en la historiografía sobre los incas—, a la hora de leer en los textos coloniales las biografías de los incas, nos enfrentamos a situaciones de evidente manipulación pues, en muchas ocasiones, aparecen distintos incas que enfrentan a los mismos jefes, incluso en las mismas batallas. Por ello, Franklin Pease (1992, pp. 57 66

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