Juan de Betanzos y el Tahuantinsuyo

Capítulo xxxii. En que trata del çerco que puso Mango Ynga sobre la çiudad del Cuzco y de las cosas que le subçedieron a Mango Ynga hasta que murió; y de cómo mató Tinbay[çi] a los españoles que le mataron. Como Mango Ynga saliesse del Cuzco en busca del yndio de oro con tripas, fuese a Mohina, que es quatro leguas de la çiudad y allí dio horden cómo [f. 146] la gente de guerra viniese sobre la çiudad. Y de allí de Mohina partiosse para el pueblo de Calca; y como la gente de guerra viniesse, mataron todos los cristianos que hallaron derramados en torno de la çiudad y ansimismo mandó matar Mango Ynga todos los puercos que avía en todos los repartimientos. Y como Hernando Piçarro supiese que el Ynga hera alçado, juntó los españoles que tenía consigo y lo más presto que pudo dio horden en la manera que se avía de tener para defenderse de sus enemigos, el qual halló que tenía consigo doçientos y çinquenta cristianos con clérigos y frailes y moços y muchachos y enfermos, entre los quales no avía sino çient hombres de guerra y éstos apenas y los demás hazían cuerpo de gente. Y como Mango Ynga tuviesse ya allí consigo toda su gente de guerra, mandó a Vilaoma y a los demás sus capitanes que fuesen al Cuzco y que matasen a todos los cristianos y, que si pudiesen tomar a vida a Hernando Piçarro, que se lo llevasen bivo porque lo pensava hartar de oro. Y que no le matasen a Graviel de Rojas ni a las mugeres de Castilla que avía allí, ni a un herrador, ni a un barbero, ni los cavallos; y pensávase el Mango Ynga que no tuviera su gente de guerra más que llegar al Cuzco y en llegando matar a los españoles tan fáçilmente como él lo platicava y sus capitanes; y dezían que un bocado de un armuerço [sic] tenían en ellos. Y ansí salió Bilaoma y los demás capitanes y pusieron la gente de guerra sobre la çiudad y hizieron su canto diziendo cómo avían de matar a los cristianos. Y esto hecho, hecharon la gente de guerra de golpe sobre los cristianos. Y como los cristianos la biesen venir defendían su persona y cada capitán defendía su quartel y hera tanta la matança que hazían en los yndios, que más paresçían sus fuerças ser favoridas [sic: favorecidas] por la voluntad divina que no solas las suyas propias, porque avía para cada 412

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