Inocencia justificada contra los artificios de la calumnia

No podemos discutir cada acusación pero sí resumir las líneas principales de la argumentación de Moscoso. En cuanto a su controversia con Arriaga, él niega la acusación planteada por el corregidor y su sobrino de intransigencia y deslealtad al rey. El exobispo del Cuzco insistió en no haber hecho nada fuera de lo permitido por las leyes eclesiásticas y civiles y enfatizó su amor al soberano. Aunque no hace referencia a las acusaciones sobre su propia moralidad, sí lanza insinuaciones sobre el comportamiento del corregidor. Asimismo, rechazó tajantemente cualquier vinculación con la conspiración de los plateros. En relación a Túpac Amaru, son muchos los cargos de los que tuvo que defenderse. Durante el proceso, el acusado solicitó mayor documentación y pruebas fehacientes sobre su supuesta amistad con los rebeldes. Una buena parte de su defensa se basa precisamente en este aspecto: la insinuación sin pruebas de tal contacto o apoyo por parte de quienes lo acusan. En el Cargo XI, llega incluso a burlarse de quienes lo acusan de haber intercambiado correspondencia con Túpac Amaru, ya que sus esfuerzos por contener al líder rebelde fue precisamente algo que «muchos oyeron, vieron, y notaron» (25, 33.-36). En el curso de su defensa, brinda detalles muy importantes sobre la menos conocida segunda fase y, basados en nuestra investigación en curso, podemos sostener que el obispo fue bastante convincente al rebatir las acusaciones como simpatizante de los rebeldes. Nada indica que el obispo simpatizara con José Gabriel Túpac Amaru y Micaela Bastidas, y menos con Diego Cristóbal. Es cierto que apoyó el indulto a los líderes jóvenes (Cargo XVII), pero esta fue parte de una táctica realista que reconocía que, a mediados de 1781, no solo era muy difícil derrotar a los rebeldes sino que existía evidencia sobre una estrecha colaboración entre las tropas de Diego Cristóbal y los kataristas en el Collao. Para justificar su decisión, Moscoso y Peralta apeló entonces a <<una maxima de humanidad, un axioma incontestable [...] perdonar la multitud, por no atTuinar una nación» (59). En la misma página, describe en términos graves la situación en la que se encontraba la región a fines de 1781, cuando se decidió otorgar el indulto: «[D]esolados los templos, arruinados los Altares, abandonados las prácticas de Religion, olvidada la sublime Doctrina, esparcidas las Obejas, desmayado el Pastor, los Pueblos aun humeando de la sangre de las victimas sacrificadas al furor, tal era el estado del culto, y la Religión en las Provincias Rebeladas» (59). Para el virrey J áuregui y Moscoso, el indulto era la única salvación. Para el visitador Areche y Mata Linares, en cambio, fue una traición y un excelente pretexto para atacar a sus rivales. La acusación de que el obispo participaba en «ceremonias y aparatos muy indecorosos a las Armas de S.M.» formó parte de la campaña de los «duros» de sabotear el indulto y perseguir nuevamente a los líderes rebeldes, como efectivamente ocurrió. En cuanto al convento, el obispo justificó sus acciones en nombre del bienestar de las monjas y la comunidad que vivía en Santa Catalina. Dentro de estos veintidós cargos, hay información relevante sobre diversos aspectos de la rebelión de Túpac Amaru. La segunda parte del libro contiene una serie de documentos que apoyan los argumentos de Moscoso y Peralta. Esta comienza con una «carta gratulatoria» al Papa Pío VI, en la cual agradece su apoyo en su larga campaña de calumnias a la que se vio sometido. Como respuesta, recibe felicitaciones y buenos deseos de Su Santidad por el nuevo puesto en Granada. La introducción al siguiente documento menciona que además de varios documentos relativos a monasterios - 18 -

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