Las acequias son, desde luego, numerosas. Tengo que decir, aunque alguien se resienta, que la más importante es la que pasa delante de mi casa. Pero es, tan sólo, una acequia campesina y las aguas que la bañan son escasas y barrosas. Junto al Rhin o al Mississippí, al Támesis o al Nilo, haría un papel, francamente, lastimoso. La noche de los sábados reúne, en el Tambo, a la flor y nata de la gente de este valle. Las cervezas y los piscos destraban la lengua de la raza silenciosa. El ambiente se caldea y se habla, se opina, se sentencia y vaticina: el algodón y Mauro Mina, Ranrahirca, Gladys Zender. Pero es gente muy humilde y es ingenuo lo que dice. Tampoco aquí nada recuerda al jardín de Akademos, a la quinta esencia de la Grecia en torno al sabio de Estagira. En el centro del bullicio respetado y silencioso, está Don Braulio. Él sabe que el sereno de la noche influye en al hiel y en los humores. Pero sus graves teorías no han despertado aún el interés del comité del Premio Nóbel y todo hace presumir que esto nunca llegará a realizarse. La ladrillera del Borrao es la más grande. Tan grande que transporta sus ladrillos en un camión propio que se llama "El Suavecito". Muchos hombres trabajan para él. Uno de ellos se sienta, en las noches, bajo un sauce y hace sonar su quena hasta el amanecer. Mas la ladrillera del Borrao no recuerda en nada el Ruhrgebiet o a los Urales y el quenista de la noche no sería reclamado por von Karajan para su orquesta. El cementerio clandestino, donde pienso reposar, algún día, para siempre, más que suntuosa necrópolis parece un muladar avergonzado. Latas de kerosene y flores de papel permiten ubicar a los difuntos. ¡Qué tendrá que hacer todo ello con Westmister la nombrada, con las tumbas tan famosas del tétrico Escorial. El burro de Don Cosme, mejor dicho, el asno que es, para Don Cosme, indispensable medio de transporte, presenta todos los defectos que pueda presentar un equino de edad tan avanzada; mataduras y raquitis, vejias y calvicie contundente. Pero el dueño lo cabalga con orgullo, ignorando que su bestia sería imprescindible en el padock distinguido de Epson ó Longchamps. Finalmente, quiero referirme a la huaca que se eleva en mi potrero. "No tiene importancia arqueológica': dicen los sabios. En cambio Don Colán, conferenciando ante los atónitos niños de este valle, afirma ver salir de sus entrañas, ciertas fechas que él no dice, cierto toro con los cuernos de oro puro. Pero, aunque eso fuese, por ventura, verdadero, esta huaca sería del todo inadmisible junto al pasmo milagroso de la Acrópolis eterna. Siento mucho, pues, tener que confesar que, en este valle, no hay nada, nada digno de mención. Nada, en suma, que pudiera interesar a otros seres que a los niños o a los simples, o aquellos que, un día, decidimos, sin saber decir por qué, trasladar nuestra existencia a este mundo que he descrito sin mentir. A no ser..., pero...¡Que importa! ¡A quién le podría interesar! A no ser que aquí nunca se hizo mal a nadie, pudiéndose evitarlo. A no ser que, aquí, todo el mundo se saluda con cariño: "¿qué hay de nuevo Don Eustaquio?" ''Buenas noches, Don Colán". A no ser que aquí ignoramos los helados pesimismos que envenenan el deseo de vivir. A no ser que, si bien no tenemos la culpa de que se encuentre donde está. A no ser que, si bien nuestro espíritu sigue mezquinamente aferrado al ritmo misteriosos de la siembra y la cosecha, al júbilo pequeño de la boda campesina, al universo humilde mal descrito más arriba, nada tuvimos que ver, nada, con los lúgubres recintos de Dachau y Lathaucen, nada con los gritos de terror de Hiroshima y Nagasaki, nada con los tanques avanzando en el destruido Budapest. No es que no sintamos la brisa promisoria de los tiempos venideros. Deseamos que ellos traigan para todos justicia y dignidad. Aquí están nuestros brazos, para ello si hace falta. Pero ojalá que aquello que forma los encantos, la íntima sustancia de este valle, no tenga que morir en aras del
RkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx